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Antigua Roma

eran el mejor día del año

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En la Antigua Roma no existía una jornada más esperada que las saturnalia: por unas horas, los esclavos se convertían en iguales al resto de ciudadanos e incluso eran servidos por sus amos, las escuelas y establecimientos permanecían cerrados, el Estado celebraba un gran banquete público al que todo el mundo estaba invitado, los legionarios podían desabrocharse la lorica, enfundar el gladius y disfrutar de un respiro; y también los criminales, pues nadie podía ser condenado en esa fecha festiva. Como escribió el poeta Catulo, el 17 de diciembre era el mejor día del año.

Las saturnalia, las fiestas de Saturno, una divinidad antigua que gobernó en una época en la que todos los hombres eran iguales, comenzaron a celebrarse en 497 a.C., cuando se le dedicó un templo en el Foro romano. «Su fiesta se estableció en los últimos días del año, recién acabada la siembra, para pedirle al dios la protección de los cultivos que debían enfrentarse al frío del invierno antes de comenzar a crecer. El trabajo del campo había terminado por lo que, después de ofrecer sus súplicas, los campesinos aprovechaban para disfrutar de unos días de descanso y tiempo libre; incluso los esclavos que trabajaban la tierra tenían permiso para abandonar sus tareas durante el periodo invernal», explica el arqueólogo y divulgador Néstor F. Marqués en su libro Un año en la Antigua Roma (Espasa).

Pero esos orígenes agrícolas de las celebraciones fueron quedando en un segundo plano a lo largo de los siglos en beneficio de las cuestiones más festivas: al final, las saturnalia serían símbolo de la liberación del trabajo y del desenfreno. También se prolongó su duración: en época de Augusto y por los cambios provocados por el calendario juliano —se añadieron dos días más en diciembre—, se oficializaron entre el 17 y el 19. La popularidad de los festejos fue tal que los romanos los siguieron ampliando de forma espontánea en los días posteriores. Durante la mayor parte del Imperio los gritos de «Io Saturnalia!» —¡felices saturnales!— duraron una semana entera, hasta el 23.

«El caos y el bullicio se apoderaban de Roma, dejando a un lado la razón y la sensatez del resto del año. La inversión del orden natural era celebrada en muchos aspectos de la vida diaria. Se permitían, por ejemplo, las apuestas y los juegos de azar en las calles, ilegales en cualquier otro momento del año», describe Marqués. También se suspendían todas las actividades políticas en favor de la música, los bailes, los colores, la comida y el vino.

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Otra recreación de una saturnalia.

Wikimedia Commons

Porque si había un elemento característico de las saturnalia, ese eran los banquetes. La élite cultural se reunía en pequeños grupos, cuyo número de comensales debía ser mayor a las Gracias —tres— y menor que las Musas —nueve—, según Varrón. Se debatía sobre el tiempo, la vida o el amor; mientras que en las reuniones de las clases más bajas imperaba la anarquía y se registraban juegos exóticos. No obstante, había ciudadanos que se oponían a esta fiesta. Séneca, por ejemplo, resaltaba los peligros de dejarse llevar por las masas; Plinio el Joven, por su parte, se encerraba en una habitación para continuar con sus estudios y no ser molestado por sus allegados.

Otro componente imprescindible era el humor: los romanos ingeniaron chistes sobre borrachos, glotones u hombres con halitosis… bastante peculiares leídos hoy en día. El último día de las fiestas dedicadas Saturno se conocía como sigillaria, destinado a hacer regalos a familiares y amigos cercanos como velas o figuras de cerámica, y que se podían comprar en una suerte de mercadillos.

«Las saturnalia eran, sin lugar a dudas, una de las festividades más queridas y aclamadas del mundo antiguo. Fueron tan populares que algunas de sus tradiciones se mantuvieron incluso en los siglos V y VI, cuando el componente religioso de la fiesta había desaparecido por completo en favor del cristianismo«, cierra Néstor F. Marqués. «En el caso de las saturnalia no podemos asegurar que su relación con la Navidad sea directa, pero sí es posible que algunos de los elementos más característicos de esta fiesta romana se mantuvieran en la tradición cristiana posterior».

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