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El «trastorno bipolar» de Calígula, el emperador romano que escandalizó con sus macabras bromas

El «trastorno bipolar» de Calígula, el emperador romano que escandalizó con sus macabras bromas, Dot News

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El «trastorno bipolar» de Calígula, el emperador romano que escandalizó con sus macabras bromas

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A los seis meses del comienzo de su reinado, en octubre del año 37 d.C., una epidemia de gripe barrió los territorios del Imperio romano. El emperador, Calígula, estuvo varias semanas al borde de la muerte. En noviembre, cuando se recuperó, se había transformado en un hombre caprichoso, voluble y cruel: en palabras de Suetonio, presentaba una «enfermedad cerebral». El popular gobernante aclamado por el pueblo, impulsor de grandes y abundantes espectáculos, se había esfumado. Ahora estaba convencido de ser un dios tan poderoso como el mismo Júpiter.

Ordenó que se erigiesen estatuas de él en todas las provincias, mandó asesinar a varios senadores y forzó los suicidios de su primo Gemelo y su fiel guardián Macrón, quien había guiado sus primeros pasos en el trono. También humilló a importantes figuras de la élite romana acostándose con sus mujeres para valorar su destreza sexual o envió un ungüento a un galdiador que había sobrevivido a un combate con una herida superficial que resultó ser un veneno y lo mató. Eran las bromas macabras y trangresoras de Calígula, que terminarían por rebelarse en un contra.

«Irónicamente, fue su paranoia la que lo dejó sin amigos y acabó llevando a su asesinato», escribe Stephen Dando-Collins, experto en la Antigua Roma y en sus legiones, en su biografía sobre Calígula. El emperador loco de Roma, editada ahora en español por La Esfera de los Libros. Aunque reconoce que muchos episodios de la vida del princeps romano han sido exagerados por las fuentes, como el citado Suetonio, protegido de Trajano, que escribió a principios del siglo II d.C., o el historiador Dion Casio, del III, el retrato que hace de él no es ni mucho menos favorable. El título de la obra ya deja claro que no es la intención del autor «redimir» al descendiente de Julio César y Marco Antonio.

«Los intentos modernos por resucitar la reputación de Calígula presentándolo como un gobernante que pretendía acabar con el mundo privilegiado del que disfrutaba la élite romana ignoran la mucha gente de todas las clases sociales que murió o acabó arruinada por sus órdenes crueles y caprichosas», valora Dando-Collins, que dedica el penúltimo capítulo de su libro —en el cierre hace una analogía que resulta bastante forzada con Donald Trump— a analizar las posibles patologías del emperador y si estaba realmente loco. Él concluye que tuvo que sufrir un trastorno bipolar, pero también señala que «es posbile que albergase un lado oscuro y resentido desde el principio».

Cayo Julio César Germánico —nadie lo llamó Calígula durante su reinado, un apodo que le pusieron los legionarios cuando era un niño y que enraizó tras su muerte, por obra de los muchos enemigos que quisieron despreciar y destruir su memoria—, nacido en Antium, en la costa oeste de Italia, fue hijo de Agripina la Mayor y el aclamado Germánico, un general nunca derrotado en batalla y que recuperó dos de las águilas imperiales perdidas en la batalla de Teutoburgo. Tras la repentina muerte de su padre por enfermedad, se crió con Tiberio, quien procedió a enseñarle «todos sus depravados hábitos sexuales con mujeres y muchachos, y lo inició en la práctica de la crueldad obligando al chico a presenciar tortorturas», destaca Dando-Collins.

También tuvo que lidiar con la eliminación de sus hermanos mayores —por mandato de Tiberio— y el suicidio de su madre. «Este aprendizaje de supervivencia conformó su paranoico reinado», analiza el experto, asegurando que fue «un milagro» que llegase al trono. Lo cierto es que Calígula fue nombrado heredero por una absurda decisión. Ya enfermo, Tiberio hizo llamar al mismo tiempo a Cayo y Gemelo: quien cruzase primero la puerta de la cámara imperial sería nombrado emperador. Sus medidas de gobierno iniciales fueron decretar una amnistía general, abolir el delito de maiestas (traición) o permitir la publicación de libros prohibidos, lo que disparó su popularidad.

Conspiraciones

En la biografía de Calígula sorprende ver cómo fue capaz de humillar a todos los futuros emperadores. En el segundo año de reinado, se inventó acusaciones contra los hombres más ricos para recaudar más dinero. Su tío Claudio se encontró entre los afectados, aunque finalmente fue eximido porque el emperador consideró que era un cretino. A Nerón, su sobrino, hijo de su traidora hermana Agripina —conspiradora con su íntimo amigo Lépido—, le arrebató todo el patrimonio que le correspondía por testamento y lo dejó si un céntimo. A Vespasiano, entonces encargado de la limpieza de Roma, lo abroncó por el sucio estado de un callejón y les ordenó a los miembros de su escolta que le bañasen en barro.

La gran afición de Calígula, que hablaba y leía latín y griego de forma fluida, eran las carreras de carros. Se constuyó un circuito para su propio disfrute a las afueras de Roma, donde plantó un obelisco de granito rojo de 325 toneladas traído de Egipto en un enorme barco de más de cien metros de eslora. Su equipo favorito de aurigas eran los verdes, y a su caballo predilecto Incitatus, lo nombró sacerdote y amenazó con ascenderlo a cónsul cuando el Senado lo irritaba. Esa fue otra de sus extravagantes y cínicas bromas. Hubo algunas más escandalosas, como la de amagar con montar un burdel en palacio en el que las mujeres casadas debían servir como prostitutas imperiales.

En el plano militar, Calígula organizó una campaña en el Rin, en Germania, que reunió a unos 200.000 hombres entre soldados y esclavos, «lo que la convierte en una de las mayores fuerzas militares romanas jamás reunidas en su mismo lugar», señala Stephen Dando-Collins. Su escolta personal, sin ir más lejos, es probable que alcanzase las 10.000 personas. Había siervos cuyo único trabajo era «recoger telas de araña como remedio a los cortes que se hacía el emperador al afeitarse».

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Portada de ‘Calígula’.

La Esfera de los Libros

Pero las verdaderas intenciones de Calígula pasaban por invadir Britania. En el año 40, en las playas de Gesoriacum, la actual Boulogne-sur-Mer, se registró el famoso episodio de los legionarios recogiendo conchas, otro síntoma más de la supuesta locura del emperador. Los historiadores modernos creen que el ejército se amotinó por los rumores de que al otro lado del Canal de la Mancha había criaturas medio humanas y, ni sobornados, se animaron a embarcarse. «Calígula decidió humillar a sus tropas ordenándoles que recogiesen conchas, tras lo cual canceló todo el plan de invasión», narra Dando-Collins. También decidió castigarlas con la terrible decimatio.

El reinado de Calígula, durante el cual se registraron innovadores avances de ingeniería —construyó dos grandes acueductos en Roma, navíos con equipamiento romano no conocido en otros lugares o un gigantesco puente flotante en la bahía de Puteoli de más de tres kilómetros de largo— acabó con un importante reguero de víctimas. El emperador fue asesinado en una conspiración tramada por Casio Querea, que había sido un joven tribuno en las legiones del Rin cuando su víctima tenía dos años. Al salir de un teatro, le ejecutaron en grupo, con puñaladas en los genitales. Calígula tenía 28 años.

Habría que esperar hasta que apareciese Suetonio —sospechoso e imparcial— para saber del supuesto incesto con sus hermanas o de su participación en orgías siendo emperador. El historiador Tom Holland, en su imperdible obra Dinastía (Ático de los Libros), resume a la perfección en una frase el reinado de Cayo Julio César Germánico: «Espectáculo, burla y violencia: Calígula había demostrado desde un primer momento un gran talento para combinar estos tres elementos en la búsqueda del placer».

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