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Por qué nos cuesta cada vez más quedarnos en casa pese a que la pandemia empeora

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Por qué nos cuesta cada vez más quedarnos en casa pese a que la pandemia empeora

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El inicio de las campañas de vacunación es una excelente noticia. No obstante, un mínimo ejercicio de realismo debería llevarnos a entender que este recurso, por sí mismo, no será suficiente para mejorar nuestra situación drásticamente en los próximos meses (y eso suponiendo que no haya accidentes por el camino, claro).

Mientras no logremos inmunizar a una parte sustantiva de la sociedad, tendremos que pensar en otras alternativas. O, más bien, en cómo mejorar la implementación de la única estrategia válida para afrontar una pandemia causada por un virus como el SARS-CoV-2: identificar a quienes pueden transmitirlo y aislarlos.

El éxito de este enfoque depende muchísimo de la incidencia que muestre la patología. Mientras la incidencia es baja, es posible ponerlo en práctica con independencia de la voluntad de los afectados. Tenemos recursos suficientes para ello, tanto desde un punto de vista jurídico, como socioeconómico.

En cambio, cuando la incidencia se dispara, cuando existe transmisión comunitaria descontrolada, ya no cabe utilizar la coacción de manera eficiente, al menos en nuestros Estados de Derecho.

Salvo que estemos dispuestos a volver a un confinamiento estricto, como el de marzo, el desarrollo de la estrategia de identificación y aislamiento depende del rango de adherencia voluntaria de la población a estas políticas. La adhesión, en suma, es la auténtica clave del éxito.

¿Cuál es la situación a este respecto? Debo confesar que no he sido capaz de hallar estudios serios en el ámbito ibérico. En otros países (como el Reino Unido y Noruega) ya hay estudios fiables, que apuntan resultados bastante pobres sobre la adherencia al aislamiento. No debería resultarnos extraño.

En realidad, aislarnos supone generalmente un sacrificio, una conducta contraria a nuestros intereses individuales. Para que la adherencia al aislamiento sea alta, es necesario que concurran al menos tres factores: capacidad, motivación y oportunidad.

Capacidad: ¿debo aislarme?

La capacidad se refiere a la mera posibilidad de cumplir con lo que espera de uno. Difícilmente será posible aislarse si no sabemos que somos infectivos.

De ahí la imperiosa necesidad de dotar a la población de información adecuada sobre los síntomas a considerar, pruebas capaces de desvelar la presencia del virus en un estrecho margen de tiempo e instrucciones precisas sobre cómo comportarse en caso de estar contagiados.

Motivación: ¿quiero aislarme?

La motivación, por su parte, atañe a los procesos psicológicos que inhiben o potencian el cumplimiento de los requerimientos de salud pública. Aquí tiene un peso decisivo la adecuada comprensión del riesgo que entraña el virus, tanto para uno mismo como para terceros, así como la importancia del papel a desarrollar por cada uno de cara al éxito del esfuerzo colectivo.

La fatiga inducida por la duración de la crisis, la posibilidad de que hayamos completado ya varias cuarentenas sin llegar a ser positivos, el sentimiento de invulnerabilidad, y la aparición de problemas psicológicos relacionados con la drástica reducción de nuestra vida social –que necesitarían de medidas de apoyo psicológico a disposición de todos– pueden ser obstáculos serios a la hora de conseguir el estado de ánimo adecuado para cumplir con nuestra obligación.

También resulta decisiva la confianza que uno tenga en quienes ostentan el mando y en la solvencia de sus propuestas. Transparencia, pedagogía, ejemplaridad, credibilidad, asunción de responsabilidades… son cuestiones absolutamente determinantes a la hora de fomentar la adherencia a las medidas.

Los ciudadanos están mucho más dispuestos a sacrificarse si ven sentido a sus privaciones que si se sienten tratados como súbditos a los que se pueden imponer restricciones sin otra justificación que una (supuestamente) mejor ciencia.

Oportunidad: ¿puedo aislarme?

La oportunidad es la posibilidad material de comportarse de la manera adecuada a lo que se espera de uno. Tiene que ver, por tanto, con factores totalmente externos a la persona, como sus necesidades financieras o de cuidado o la posibilidad real de evitar todo contacto con otro ser humano.

Si somos conscientes de ser infectivos y estamos deseando seguir escrupulosamente el protocolo de aislamiento, pero compartimos piso con otras personas y no se nos ofrece una solución habitacional a tiempo, nos resultará sumamente complicado hacerlo.

Tampoco será sencillo si somos autónomos o trabajadores precarios, o si tenemos familiares dependientes, a no ser que las autoridades implementen políticas púbicas capaces de ayudarnos en esos momentos críticos. No parece que hasta ahora hayamos sido muy eficientes en este sentido, lo que ha introducido un matiz de falta de equidad (uno más) en la distribución del sufrimiento causado por la pandemia.

Falta de confianza en los gestores de la crisis

Hasta ahora no hemos sido muy eficientes a la hora de tomar medidas adecuadas para mejorar la adhesión al aislamiento. Es necesario mejorar la situación en la medida de lo posible. Obviamente, no todas las medidas posibles pueden introducirse rápidamente. Otras, como la creación de un marco de confianza en nuestros gestores, tal vez nunca puedan recuperarse. Cualquier iniciativa sería una buena noticia teniendo presente de dónde partimos.

No se me escapa, en todo caso, que incluso aunque introdujéramos todos los incentivos y refuerzos posibles, seguiría habiendo problemas de cumplimiento de las medidas de aislamiento y cuarentena.

Es difícil que quienes niegan la existencia del virus o cuestionan la necesidad de adoptar respuestas proporcionales a su amenaza estén dispuestos a cooperar en el esfuerzo colectivo. Tampoco lo harán los muy egoístas o los que no consiguen interiorizar la información disponible de una forma mínimamente eficiente. Y también habrá quienes solo adopten precauciones cuando se trata de proteger a su círculo íntimo, pero no cuando sean otros los afectados.

Por eso mismo, tiene sentido combinar este sistema de incentivos con otro que nos permita protegernos de los incumplimientos que sin duda se producirán.

Una medida complementaria de protección: certificados de esterilidad

Nada mejor para esto que validar certificados de esterilidad oficiales, que habilitarían a sus poseedores para el acceso a espacios seguros, como residencias de ancianos, recintos sanitarios, transporte a media y larga distancia o, incluso, aulas, oficinas y espacios de ocio, ya sea porque su portador está vacunado o porque ha recibido un resultado negativo reciente en una PCR.

El método no sería infalible, pero lo esencial es reducir al mínimo las probabilidades de que una persona infectiva acceda a un lugar en el que podría provocar un contagio masivo, sobre todo si hay personas vulnerables involucradas. Todavía falta mucho tiempo hasta que una mayoría significativa esté protegida por las vacunas.


*Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

**Iñigo de Miguel Beriain es investigador distinguido Facultad de Derecho. Ikerbasque Research Professor, Universidad del País Vasco. 

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