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el 23-F narrado por el guardia que disparó su metralleta en el Congreso

el 23-F narrado por el guardia que disparó su metralleta en el Congreso, Dot News

23-F

el 23-F narrado por el guardia que disparó su metralleta en el Congreso

El Chino no había recibido ninguna orden. Anorak puesto y el arma colgada, se bajó del autobús y asaltó el Congreso de los Diputados. «¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo!». Casi ningún parlamentario echó el cuerpo a tierra. Entonces, aquel muchacho de veintiséis años apretó el gatillo y regó de metralla el techo del Parlamento.

A Gonzalo Díaz le llamaban «el Chino» por su mirada rasgada y su capacidad de observación. «Veía hasta por detrás», decían. Esta es la historia de un chaval crecido en una aldea de El Bierzo que, de pronto, atenazó con sus manos a una democracia todavía más joven que él. El relato de un chico que soñaba con dar un golpe y que, ¡zas!, se lo encontró por casualidad.

También se trata de una oportunidad para zambullirse en la oscuridad. De sobra es conocido el recuerdo del diputado, pero ¿qué pasa por la cabeza del asaltante? ¿Qué pensamiento cruza su cabeza cuando aprieta el gatillo? ¿Siente odio? ¿Es miedo? ¿Le tiemblan las manos? ¿Se arrepiente?

Suele escribirse aquel 23 de febrero de 1981 con nombres de presidentes, ministros y generales, pero su banda sonora, el repiqueteo de la metralleta, fue algo mucho más prosaico: el impulso incontenible de El Chino. Un gesto que abrochó la peripecia de un joven leonés entusiasmado con el franquismo, harto de la democracia. «Usted dirá, pregunte», así empieza su viaje al golpe en conversación con este periódico.

Gonzalo eligió el Ejército del Aire antes que la Guardia Civil. Corrían los años setenta. «Se ganaba muy poco dinero. Empezabas con 1.000 pesetas. Luego subías a 3.000, pero se tardaba muchos años en ascender de cabo primero a sargento. Cuatro u ocho años. Por eso me fui». Esa fue la decisión que, en septiembre de 1974, le llevó a calzarse el tricornio. Destacamento especial de tráfico. Motorista.

A simple vista, podría parecer absurdo preguntar por el credo político a un golpista del 23-F, pero no lo es. Los doscientos y pico compañeros de Gonzalo fueron sorprendidos aquella tarde con una arenga, la del «escarmiento»; y así se subieron al autobús. Armados. Sin saber adónde iban.

Podía darse la coincidencia, como en el caso de El Chino, de que los improvisados golpistas fueran golpistas convencidos, pero también ocurrió lo contrario. «Yo sí, yo era reacio a la democracia. Y hoy estoy igual, no he cambiado nada», apunta. Dicho de otra manera: en aquel 1981 -¡y todavía hoy!- Gonzalo creía que estirar el franquismo habría dado «más dinero, mejores hospitales y mejores carreteras».

Los periódicos de la época acuñaron el término «desencanto» para describir el final de 1980 y el fatídico comienzo de 1981. El Chino, en jerga cartelera, resume: «Aquello era una casa de putas».

Gonzalo Díaz es de verbo escueto, pero de memoria precisa. Plasmó sus recuerdos en un libro autoeditado y titulado 23-F, testimonio de un golpista (Círculo Rojo).

-Con Franco usted no habría podido escribir esas páginas en libertad.

-Con Franco yo no habría escrito eso, sino una novela rosa. O nada. Yo no soy escritor. El Estado de Derecho es una mentira.

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Gonzalo Díaz, en una fotografía reciente.

Cedida por el entrevistado

Escolta de Felipe VI

El Chino y el resto de agentes del golpe vivían en el 246 de la calle Príncipe de Vergara, parque automovilístico de la Guardia Civil. «Allí tenía mi camareta, sí. Hacía el servicio que me encomendaban, casi siempre escolta de personalidades».

El día a día de Gonzalo era el día a día del hoy jefe del Estado, Felipe VI. Porque Gonzalo era el motorista justo al lado de la reina Sofía cuando llevaba a su hijo al colegio Santa María de los Rosales: «Ese era el pan nuestro de cada día, la familia real, salvo si estábamos de noche. Entonces nos tocaba carretera».

El Chino y sus compañeros ganaban unas 50.000 pesetas. No era mucho, pero apenas tenían gastos. Vivían en el cuartel y podían comer allí «muy barato». Salían «casi todos los días», «también entre semana»: bailes, cines, bares. «No ahorraba un duro», dice.

En la mañana del 23 de febrero, Gonzalo Díaz condujo a la carretera de Castilla, al colegio del príncipe. Llegó sobre las ocho. Montó el tradicional «control de observación»: «Estuve hasta las dos y media, más o menos. Luego nos fuimos corriendo al cuartel porque había que estar antes de las tres. Si llegabas un minuto tarde, ya no sacabas el tique de la comida».

«Vi a Tejero»

Por la tarde, les convocaron a una revista de armas. Algo que, generalmente, no gusta a los agentes. Eran las cuatro y media. Pasaba el tiempo, pero eso cada vez tenía menos pinta de revista: «Veía cosas raras, casi nada tenía sentido. Los jefecillos andaban de un lado para otro. De repente, hacia las cinco, nos mandaron a todos al garaje».

-¿Y qué pasó?

-Vi a Tejero.

-¿Le conocía?

-De las revistas. Había aparecido mucho por lo de la Operación Galaxia -una intentona golpista anterior por la que fue apresado y condenado-.

-¿Le convencía Tejero?

-Era un tío de mis ideas. Los tenía bien puestos.

Un capitán, de repente, se puso a arengar a El Chino y los suyos. Han pasado cuarenta años. Gonzalo no recuerda, como es lógico, la literalidad, pero sí una palabra clave: «Escarmiento». «Nos dijo que íbamos a dárselo al régimen democrático, pero no dio más explicaciones. No sabíamos adónde íbamos».

«¿Miedo? ¡No!»

Gonzalo era un chaval de veintiséis años. No había hecho la guerra. Sólo conocía los golpes de Estado a través de las películas. A través del deseo. De la imaginación, de los libros viejos.

-¿Tuvo miedo?

-¿Miedo? Yo tengo miedo si voy en una avioneta y se me para el motor. Vimos que íbamos a hacer algo en contra de la ley. La Guardia Civil está para defender la ley, pero poco tardamos en darnos cuenta de que se trataba de lo contrario.

-Se dio la casualidad de que usted estaba deseando un golpe, derribar la democracia, pero también habría compañeros en la tesis contraria.

-De los doscientos y pico, sólo quince o veinte nos movimos y gritamos algo a favor, estilo «¡adelante!». El resto estaba muy preocupado. Muchos casados. Con hijos. Pensaban en su familia. Yo fui como Tarzán por la selva. No tenía problema.

A los autobuses

Los autobuses aparcados en el patio. Gonzalo corrió a su taquilla antes de subir y tomar asiento. Cogió dos cajetillas de tabaco. Tuvo el presentimiento de que el «escarmiento», fuera lo que fuese, «iba a ser largo». La revista de armas no había sido una convocatoria casual. Tejero se cercioró de que iba a encontrar armados a sus muchachos.

En el autobús, «acojonados». No hubo cánticos, ni siquiera consignas. Y mucho menos explicaciones. Golpistas desconocedores de su destino. Recorrían el centro de Madrid. El Chino miraba por la ventanilla. Vio niños. Muchos. Salían del colegio y jugaban. A la pelota, a pillar.

Pensó -y eso sí lo recuerda con exactitud-: «Ay, chavales, dentro de un rato todo esto va a cambiar, ya veréis lo que va a hacer la gente que va en estos autobuses. Va a cambiar el sistema. Todo. Una conmoción». El Chino dice que la sensación iba a ser parecida a la que deja un atentado, una explosión. Ese silencio al lado del transistor. Ese miedo a la calle.

«¡Hostia, va a ser lo del Congreso!». Lo dijo un compañero de Gonzalo que iba en el mismo autobús. Sí, entonces cayeron, lo de la investidura de Calvo-Sotelo en el Congreso. La hora encajaba y se acercaban cada vez más a la Carrera de San Jerónimo. Aparcaron en El Retiro. «Para hacer tiempo». Hasta las seis y veinte. Volvieron a arrancar. Enfilaron la plaza de Neptuno.

-¿Cómo entró usted al Congreso?

-Fue tremendo, como cuando estás en la parada del autobús y ves que hay mucha más gente fuera de la que cabe dentro. Salimos como toretes. Un teniente nos animaba: «¡Venga! ¡Venga!». Entré por el patio y giré a la derecha. Esos salones tan grandes…

-Imagino que usted no había estado antes en el Parlamento.

-¡Qué cojones iba a estar yo antes en el Congreso! Nadie me había invitado. Me dio una impresión negativa, mucho lujerío. Para trabajar no hace falta tanto.

La metralleta

Cuatro décadas después, El Chino conserva el desdén y el tono despectivo cuando habla de los diputados. De esa «casa de putas». Se los encontró irreverentes, oídos sordos a las órdenes de Tejero, que les exigía cuerpo a tierra.

Fue entonces. Esa anatomía del instante, en feliz expresión de Javier Cercas. El Chino se sintió como «el joven atracador que irrumpe en un banco y al que nadie hace caso»: «Tenía montada la metralleta. Había quitado el seguro. El dedo acariciando el gatillo. No hacían caso. Escuché un disparo, alguien pegó un tiro, creo que Tejero. Entonces yo tiré una o dos ráfagas».

-¿Tenía la orden de hacerlo?

-Aquel día sólo recibí una orden, la de subir al autobús. Luego hice lo que me dio la gana.

Gonzalo disparó arriba. Las marcas permanecen en el Congreso. Los cascotes lesionaron a un diputado canario. «No sé si pegué a alguno, creo que no. Si hubiera tirado a dar, habría apuntado a Suárez, que no me caía nada bien. No somos criminales, no íbamos a matar».

La prueba del odio que sentía por Suárez la mayoría de golpistas. Era un golpe contra la democracia, pero también contra Suárez; un falangista, ex secretario general del Movimiento, que convenció a las Cortes franquistas para que se suicidaran. Un niño bonito del régimen que envió la dictadura a la papelera de la Historia.

Manuel Gutiérrez Mellado, militar y vicepresidente del Gobierno, también era considerado «un gran traidor» en amplios sectores del cuerpo. Había hecho la guerra con Franco, pero se había plegado a los encantos de Adolfo Suárez y había entregado el alma a la democracia.

Agarraron a Gutiérrez Mellado. Quisieron derribarlo. No pudieron. Lo intentaron entre varios: «Fue un bochorno. Yo estaba detrás, di dos pasitos adelante. Pensé en pegarle un culatazo y tirarlo al suelo. Se lo digo tal y como lo pensé, pero no lo hice porque el arma, pese a estar puesto el seguro, corría el riesgo de dispararse. Pero lo pensé. Se puso gallito y…».

-Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo no echaron el cuerpo a tierra cuando ustedes les encañonaron y se lo exigieron. ¿No le parece un gesto heroico de tremendo coraje?

-Sí, creo que sí… Bueno, más o menos. Hombre, ellos tenían la certeza de que no les íbamos a disparar.

-¿Por qué está tan seguro de que tenían esa certeza? El vídeo no transmite esa sensación.

-Porque la Guardia Civil no va matando a la gente así como así. Lo sabían. Eran el presidente y el vicepresidente del Gobierno. Gutiérrez Mellado era un general, ¿cómo no iba a intentar mandar allí?

Las cámaras

Después de los forcejeos, El Chino se quedó, con su metralleta, en el foso. Vigilando. Escuchó el grito de un compañero. Venía de arriba: «¡Ey, que estoy aquí solo!». Llegó Gonzalo. Se topó con las cámaras de televisión. Creía -aunque no era así- que el golpe se estaba retransmitiendo en directo. Reventó, por delante y por detrás, todos los objetivos que encontró. «Tejero me miró con los ojos muy grandes, como diciendo: ‘¿Pero qué coño hace este tío?’ No me recriminó nada después. Nada». 

Doce de la noche. Tras casi seis horas de asalto, los golpistas seguían sin saber del futuro del golpe. Gonzalo había escuchado, como los diputados, que iba a presentarse una «autoridad militar». «Yo no tenía ni idea, pero creo que era extensible a toda la tropa. ¿Era el Rey? ¿Un general? Nada, no sabíamos nada».

Cuando el golpe se atragantaba, el Chino fue al bar. Encontró una escena que le pareció surrealista: algunos de sus compañeros pagaban por sus consumiciones. Les dijo: «¿Para qué queremos camareros? Nos servimos nosotros y punto. De comer no había mucho. Barra y media de pan». El Chino tomó un vaso de leche con un trozo de pan. «A ver quién aguanta si no esto», pensó. 

-¿Habló con los diputados?

-Sólo con Blas Piñar -Fuerza Nueva-. Era el único que me gustaba. Le dimos trato de favor. Él tampoco sabía nada del golpe, ni siquiera se decantó. No se crea que nos dio un abrazo o algo por el estilo. No, no. Eso sí, fue muy respetuoso.

Varios diputados cuentan a este periódico que el momento de mayor pánico llegó cuando la luz amenazó con apagarse. Entonces, Tejero ordenó despanzurrar las sillas de los taquígrafos y preparar una pequeña hoguera en el centro de la Cámara: «Si la luz se apaga, lo encendemos. Si la luz se apaga y notáis un roce, abrís fuego. ¡Sea quien sea!». Un relato que ahora confirma Gonzalo: «Eso es cierto».

De madrugada, llegó el general Armada. Los golpistas no lo sabían, pero era el hombre al frente de la operación. Sin embargo, cuando Tejero escuchó que el naciente «gobierno de concentración» pretendía incluir a socialistas y comunistas, mandó a freír espárragos a Armada. «Sí, lo vi en la entrada. Era un personaje sin carisma. Un pusilánime. Con su estrellita de cuatro puntas. Ni siquiera le saludábamos», relata Gonzalo.

En otra zona del Congreso, varios guardias civiles, Tejero incluido, supervisaban los teletipos de la agencia Efe. Casi a tiempo real, se dieron cuenta de que el golpe estaba muriendo: «La mayoría lo asimilamos bien, pero tres o cuatro compañeros sufrieron ataques de ansiedad».

El pacto del capó puso fin a la asonada. «¿Sabe? Estaba al lado cuando se firmó. Fue en un papel blanco, con el membrete del Congreso. Lo cogí y lo leí. Tejero pidió que no se cobraran responsabilidades a los que tenían rango menor al de oficial». Gonzalo Díaz salió de los últimos. «Para recrearse un poco». Estrechó la mano a su teniente coronel y le dijo: «Hasta la próxima». 

El Chino y sus compañeros fueron encerrados quince días en el calabozo. La fotografía que ilustra este reportaje corrió como la pólvora. La vio Aramburu Topete, el director de la Guardia Civil. «Quiso saber quién era ese chaval tan desenvuelto, el de la metralleta. Pidió que me encontraran. Le costó tres días porque nadie quería delatarme. Volvieron a meterme al calabozo».

-¿Se arrepiente de lo que hizo aquel 23 de febrero?

-No. Ya le digo, me despedí de Tejero con un «hasta la próxima».

-¿Volvería a hacerlo?

-Lo de hoy es para entrar ahí a saco. Con un látigo, como Jesucristo en el templo.


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