En los últimos años, ver a una multitud de personas migrantes que intentan cruzar una frontera se ha vuelto una escena terriblemente cotidiana. Hemos visto a masas de personas desesperadas buscar refugio en tierras extrañas: sirios que escapan de la guerra civil, rohinyás expulsados de manera brutal de Birmania, afganos que huyen del régimen talibán.

Pero la situación en la frontera entre Bielorrusia y Polonia, en la que miles de migrantes están apostados en un bosque helado —y varios han muerto— difiere mucho de esas otras crisis en cuanto a su origen, escala relativa e implicaciones.

Primero que todo, esta parece ser una crisis orquestada, creada por el gobernante autócrata de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, para causarle problemas a la Unión Europea (UE).

Bielorrusia es bastante restrictiva en cuanto a los medios de comunicación independientes o la oposición política. El año pasado, la afirmación de Lukashenko de que había ganado la reelección con el 80 por ciento de los votos fue vista de manera generalizada como una farsa, y cientos de miles de personas salieron a protestar.

Las autoridades reprimieron las manifestaciones con fuerza. En respuesta, la UE le impuso sanciones a Bielorrusia, que no es miembro de la unión, y Lukashenko ansía que las eliminen.

En los últimos meses, el mandatario ha permitido la entrada de miles de migrantes que quieren llegar a los países mucho más libres y ricos de Europa Occidental y Europa del Norte. Eso significa entrar primero a alguno de los países miembros del bloque que limitan con Bielorrusia: Polonia, Lituania o Letonia.

El número de personas que pasan por Bielorrusia aumentó de manera considerable en agosto, la mayoría de ellos afganos. Volvió a incrementarse en el último mes con personas de Irak y Siria, muchas de etnia kurda.

Lukashenko y su gobierno niegan que están utilizando de manera deliberada a los migrantes para desestabilizar a la UE, mientras que amenazan, en repetidas ocasiones, con hacer precisamente eso. Pero la evidencia es contundente, y comienza con la concesión liberal de visas por parte del país a personas con boletos de avión solo de ida a Minsk, la capital de Bielorrusia.

Algunos migrantes reportaron haber sido trasladados a las fronteras de la UE por las autoridades bielorrusas, quienes los han instado —o incluso obligado— a cruzar. Afirman que las autoridades les dieron pinzas para cortar las cercas, los ayudaron a derribar barreras y les impidieron regresar a las ciudades.

Los grupos de asistencia estiman que hasta 4000 migrantes han acampado en la frontera polaca al mismo tiempo, y quizás haya entre 10.000 y 20.000 en total en Bielorrusia, mucho menos que los millones que huyeron de Siria o el millón de personas obligadas a salir de Birmania.

Sin embargo, esas cifras son más que suficientes para detonar tensiones en Europa, donde las políticas migratorias son severas. Esta es una crisis tanto política como migratoria.

Desde hace tiempo, el partido gobernante de derecha en Polonia afirma que los migrantes no europeos son una amenaza para la cultura y la soberanía polaca y, como era de esperarse, su respuesta a la situación actual ha sido agresiva. Describe la situación como un ataque por parte de Bielorrusia y ha desplegado miles de soldados para mantener a los migrantes a raya.

Entre 2015 y 2016, más de un millón de personas, principalmente sirias, llegaron a Europa. La reacción negativa fortaleció a los nacionalistas de derecha en todo el continente, y desde entonces, los políticos dominantes se han mostrado reacios a aceptar la inmigración.

Hace seis años, algunos países, en particular Alemania, acogieron a los inmigrantes, mientras que otros, como Polonia, solo aceptaron pequeños grupos, lo que los hizo entrar en conflicto con los líderes de la UE. Pero no llegó a haber peligro alguno de una lucha armada entre ellos.

En la actualidad, nadie se ha ofrecido a aceptar a los migrantes, ni siquiera sabiendo que están sufriendo condiciones que ponen en peligro su vida. La UE es solidaria con Polonia, que se presenta como la primera línea de defensa del bloque, y Varsovia y Minsk han intercambiado amenazas inquietantes.

Muchos de los oriundos del Medio Oriente en Bielorrusia son migrantes económicos que no parecen calificar como refugiados, aunque eso no hace que el peligro que enfrentan —al menos 11 han muerto por el frío— sea menos real.

Los acuerdos internacionales definen a los refugiados como personas con temores legítimos de violencia o persecución, y les otorgan el derecho al asilo. Muchas personas de la oleada de migración de 2015-2016 estaban huyendo de guerras.

Los gobiernos represivos de Siria y Afganistán todavía representan una grave amenaza para muchos de sus habitantes, pero las guerras en esos países se han calmado, e Irak es relativamente seguro.

Muchas de las personas que están en Bielorrusia abandonaron Irak y Siria en busca de oportunidades económicas. Por eso no cumplen con los requisitos para el asilo.

Según diversos reportes, las autoridades polacas y lituanas han abusado de los migrantes. Los han obligado a regresar a Bielorrusia sin escuchar sus solicitudes de asilo, lo que es una violación del derecho internacional, afirman los grupos defensores de derechos humanos. Los migrantes están atrapados en un enfrentamiento posiblemente letal.

“Somos como un pollo en una jaula en manos de la policía bielorrusa y polaca”, dijo en una entrevista telefónica Bayar Awat, un kurdo iraquí que está varado en la frontera junto con su esposa e hija pequeña.

“Por un lado no nos dejan regresar a Minsk, y por el otro no nos permiten entrar”, añadió.

A diferencia de otras crisis migrantes, ha sido prácticamente imposible para la comunidad internacional saber con claridad qué es lo que está sucediendo.

Polonia y Lituania han expulsado a periodistas y grupos de derechos humanos de las fronteras, compuestas por algunas de las regiones más salvajes de Europa y unos cuantos bosques vírgenes restantes.

Bielorrusia también mantuvo alejados a los periodistas durante semanas, pero ha comenzado a darles acceso limitado. De esta forma, se presenta como el lado humanitario y retrata a Polonia como el villano.

Las autoridades polacas están envueltas en un juego del gato y el ratón con los migrantes a lo largo de las carreteras y los caminos de tierra que atraviesan los bosques de su lado de la frontera. El sentimiento antiinmigrante en la región es fuerte; los activistas que intentan ayudar a los migrantes han encontrado sus autos destrozados.

Sin embargo, los grupos de asistencia y personas que actúan de forma independiente se han internado en los bosques y los pueblos que están justo en las afueras de la zona de exclusión de tres kilómetros de ancho donde las autoridades polacas han prohibido la presencia de cualquier persona no residente. Cuelgan bolsas con comida, agua y otros suministros en las ramas de los árboles para que los migrantes las encuentren.

Pero rara vez se encuentran con quienes están tratando de ayudar, sino solo con los rastros que dejan: envoltorios de comida, viejos campamentos, documentos en árabe e incluso un pase de abordar de un vuelo desde Damasco, Siria, a Minsk.

Richard Pérez-Peña es el editor de noticias internacionales del Times en Londres. Anteriormente cubría noticias de último momento para la sección Nacional. Desde que se unió al New York Times en 1992, ha cubierto noticias sobre educación superior, la industria de periódicos y revistas, la atención médica, el transporte, los tribunales y el gobierno y la política. @perezpena•Facebook


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