“Las personas antivacunas radicales no conforman un grupo muy grande, pero sí lo suficiente como para causar problemas en la pandemia”, comentó Lamberty. “Es una muestra del éxito del trabajo de la extrema derecha sobre este tema y del fracaso de los políticos comunes en asumirlo con la suficiente seriedad”.

Como resultado, en algunas partes de Europa, “estar o no estar vacunado casi se ha convertido en una forma de identidad política, como en Estados Unidos”, añadió.

En Austria, donde más lejos ha llegado el gobierno en cuanto a las restricciones impuestas a las personas no vacunadas, hace poco, un partido antivacunas recién fundado obtuvo tres escaños en un parlamento estatal del norte, un bastión de la extrema derecha. En Francia e Italia, los puntos conflictivos antivacunas siguen siendo los lugares donde los populistas nacionalistas tienen gran influencia.

En Sajonia, la renuencia a vacunarse y el apoyo al partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (o AfD), la fuerza política más importante en esta región, coinciden de manera significativa.

A nivel nacional, el AfD ha caído mucho, pero en la parte oriental excomunista, el rechazo a la vacuna se ha vuelto la decisión lógica de muchos de sus integrantes que, con frecuencia, tienen mucha desconfianza en el gobierno, la globalización, las grandes corporaciones y los principales medios de comunicación.

“La vacuna es un medio de polarización”, señaló Rolf Schmidt, alcalde de Annaberg-Buchholz. “Lo escucho desde que amanece hasta que anochece: todos tienen su verdad absoluta y sus propios canales en las redes sociales para sustentar esa verdad. Lo que dice la otra parte son puras mentiras”.

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