No obstante, a diferencia de nuestro último encuentro, esta vez fue Lucas quien —sin duda tras haber recordado ese momento estresante del año anterior— la volteó a ver y le dijo: “Hazlo. Te reto”.

¡Crecía frente a mis ojos! Al poco tiempo, pasó de los 5 a los 6 años, de Plaza Sésamo a La guerra de las galaxias, de los símbolos a las afirmaciones, del parloteo a las conversaciones.

La mayoría de los días, hacía todo lo posible por ser un amigo comprensivo mientras intentaba mantener la figura acechante de “supervisión parental”. Ya tenía suficiente de eso en casa, un entorno ambivalente con la laxitud exhausta de Mark y las expectativas nerviosas de perfección de John. Para ellos, yo ya no era solo un niñero, era parte de la familia: regalos de Navidad, invitaciones a cenas dominicales, cumpleaños, bautizos y más.

No obstante, esto era un problema porque mientras más se acercaba la hora de alejarme de Lucas, más difícil me iba a ser partir. Estaba esperando una oportunidad para salir de ahí, un momento que sabía que nunca iba a llegar, así que tuve que dar el paso.

Mientras estábamos sentados en una banca del parque J. Hood Wright, hice lo mejor que pude para decirle la verdad. Le compré un helado para amortiguar el golpe, con el temor de que, cuando le dijera: “Ya no seré tu niñero”, se le iba a romper el corazón.

Sin embargo, cuando lo dije, él estaba llamando a las palomas más cercanas: “Oye, palomita. Ven acá, palomita”.

Apenas me estaba escuchando, o es lo que yo pensaba. Lucas sabía que me iría de Nueva York durante el verano, que viajaría para seguir trabajando en mis obras y comenzaría el verano más importante de mi carrera hasta ese momento, con residencias consecutivas e incluso un nuevo festival de teatro a nivel nacional, pero no sabía que ya no iba a regresar.

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