Después de eso no pensé mucho en Sarno, hasta mayo de este año. Entonces me encontré de nuevo en terapia física por un dolor en la parte interna del muslo. Mi fisioterapeuta me asignó un puñado de ejercicios y los hice todos los días. Todo el tiempo me preocupaba: si la fisioterapia volvía a fallar, ¿tendría que volver a catalogar exhaustivamente mis males? ¿Se sostienen las afirmaciones de Sarno?

“La idea de que se puede ayudar a una proporción sustancial de personas replanteando las causas de su dolor es ahora preponderante”, dijo Tor Wager, profesor de neurociencia del Dartmouth College y director de su Laboratorio de Neurociencia Cognitiva y Afectiva. “Pero eso es diferente a la idea de que tu relación no resuelta con tu madre se manifiesta como dolor”.

Wager dijo que la mayoría de los científicos creen ahora que el dolor no siempre es algo que comienza en el cuerpo y es percibido por el cerebro; puede ser una enfermedad en sí misma.

Aproximadamente el 85 por ciento de los dolores de espalda y el 78 por ciento de los dolores de cabeza no tienen un desencadenante identificable, aunque pocos científicos dirían que todo el dolor crónico, o incluso la mayoría, es puramente psicológico. “También hay razones sociales y biológicas para el dolor. En la mayoría de las personas, se trata de una confluencia de las tres”, dijo Daniel Clauw, profesor de anestesiología, medicina y psiquiatría de la Universidad de Michigan y director de su Centro de Investigación del Dolor y la Fatiga Crónicos. “Lo siento, hay un montón de gente para la que el método de Sarno no va a funcionar”.

En la actualidad, un enfoque similar al método de Sarno es la teoría de la conciencia y la expresión emocional, en la que los pacientes identifican y expresan las emociones que han estado evitando. No solo se ha demostrado que reduce significativamente el dolor en personas con fibromialgia y dolor musculoesquelético crónico, sino que también el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos la considera como una de las mejores prácticas para tratar el dolor crónico (junto con el masaje y la terapia cognitiva conductual).

Pero, en primer lugar, ¿cómo provoca el cerebro el dolor crónico? La teoría de Sarno de que nuestro cerebro usa el dolor para distraernos de las emociones negativas cortando el flujo sanguíneo a los músculos no está respaldada por la ciencia, según Wager.

En lugar del flujo sanguíneo, los científicos se fijan ahora en el sistema nervioso para entender el dolor crónico que no está causado por daños en los nervios o en los tejidos. Básicamente, los circuitos cerebrales funcionan mal, prolongando, amplificando e incluso creando dolor.

Wager dijo que no entendemos del todo los mecanismos de esto, pero “sabemos que los factores de estrés pueden promover la inflamación en la médula espinal y el cerebro, lo que está relacionado con mayores sensaciones de dolor”. Las adversidades tempranas, como el maltrato infantil, las dificultades económicas, la violencia y el abandono, también se han relacionado con el dolor crónico.

Complicando aún más las cosas: el dolor puede engendrar más dolor. Por ejemplo, una lesión puede subir el volumen de tu respuesta al dolor ante futuras lesiones. El estrés puede hacer que el dolor persista mucho después de que la lesión se haya curado. Y si te duele la espalda y empiezas a imaginar todas las formas en que podría empeorar, ese miedo puede magnificar tu dolor, lo que puede llevarte a evitar la actividad física, lo que empeora aún más el dolor. Los expertos llaman a esto el ciclo del dolor.

En este caso, la idea de Sarno de que el cerebro desencadena el dolor era parcialmente correcta. Las investigaciones demuestran que la catastrofización puede convertir el dolor agudo en crónico y aumentar la actividad de las áreas cerebrales relacionadas con la anticipación y la atención al dolor. Esta es una de las razones por las que los médicos están empezando a tratar los trastornos del dolor de forma similar a, por ejemplo, los trastornos de ansiedad, animando a los pacientes a hacer ejercicio para que puedan superar su miedo al movimiento. Mientras que un paciente con ansiedad social puede dar pequeños pasos para hablar con extraños, por ejemplo, un paciente con dolor de espalda puede empezar a correr o a montar en bicicleta.

La conclusión, según Howard Schubiner, un aprendiz de Sarno, es que “todo el dolor es real, y todo el dolor lo genera el cerebro”. En la actualidad, Schubiner es director del Programa de Medicina Mente Cuerpo en Southfield, Michigan, y profesor clínico en la Facultad de Medicina Humana de la Universidad Estatal de Michigan.

“Tanto si el dolor se desencadena por el estrés como por una lesión física, el cerebro genera las sensaciones”, dijo. “Y —este es un concepto alucinante— no se limita a reflejar lo que siente, sino que decide si activa o desactiva el dolor”.

Así que, según este razonamiento, todo el dolor está en el cuerpo y en el cerebro. Por eso, cuando mi aductor dejó de dolerme en julio tras ocho semanas de fisioterapia, no gasté demasiada energía mental tratando de averiguar qué había funcionado: los ejercicios en sí mismos, mi fisioterapeuta dándome el visto bueno para seguir haciendo ejercicio, la oportunidad de hablar con ella una vez a la semana sobre mi reciente mudanza y los otros factores de estrés que podían contribuir a mi dolor o (muy probablemente) todo lo anterior.

Al final, Sarno tenía razón en cuanto a que el ejercicio ayuda a la recuperación, no la obstaculiza, y en cuanto a la relación entre el dolor emocional y el físico. Pero no todo el dolor crónico es psicológico. El tratamiento freudiano de Sarno está lejos de ser el único que funciona. Y pocos científicos dirían que nuestro cerebro utiliza el dolor para distraernos de las emociones negativas (y definitivamente no cortando el flujo sanguíneo a los músculos).

Sigo pensando en Sarno como un salvador, y sigo recomendando sus libros a amigos y familiares; algunos los han leído —y han tenido éxito—, mientras que otros se han negado amablemente. Sí, Sarno seguramente simplificó y enfatizó en exceso los orígenes psicológicos del dolor. Pero también me ayudó a ver que tanto la mente como el cuerpo son responsables de nuestro sufrimiento físico. Y que no somos impotentes para cambiarlo.

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