“No podemos elegir a nuestras familias ni nuestro estatus social, pero eso nunca ha sido un obstáculo para que se tenga éxito”, señaló Lorraine Nduta, de 21 años, de Nairobi, Kenia. “De hecho, creo que cuando tienes menos, eso te impulsa a buscar más. El poder de cambiar cualquier situación está en nosotros: trabajo duro, constancia y disciplina”.

Md. Rafaiat Ullah, de 24 años, estudiante universitario en Chittagong, Bangladés, dijo que pensaba que estaría en una mejor posición económica que sus padres gracias a la educación. “Mis padres no tuvieron la oportunidad de estudiar tanto”, dijo. “Pero, aunque no fue así, me dieron educación. La educación crea oportunidades”.

En los países en desarrollo, hay una prioridad cada vez mayor en la educación como una forma de avanzar; en Estados Unidos, la educación universal ha existido por más tiempo y la educación superior se ha convertido en una línea divisoria, dijo Robert Blum, investigador principal del Estudio Global de Adolescencia Temprana en Johns Hopkins.

“En los países de ingresos bajos y medianos se ve como: ‘¿Cuál es mi oportunidad para hacerlo mejor? No tengo muchas oportunidades. No tengo una familia adinerada, mi capital social es realmente limitado. Así que mi oportunidad será la educación”, explica.

Durante su investigación, Swartz ha descubierto que los jóvenes de los países pobres suelen ser optimistas gracias a la fe religiosa, y los fuertes lazos familiares y comunitarios.

“Cuando la gente escribe sobre el sur global y los jóvenes que viven en la pobreza, con frecuencia descartan ese tipo de fe en un ser superior y la fe en que los familiares mayores les están allanando el camino”, dijo.

En todo el mundo, el sueño de una vida mejor para la próxima generación persiste, aunque en algunos lugares esté cada vez más fuera de su alcance.

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