BOGOTÁ, Colombia — El tema era la Gala del Met… si en la Gala del Met hubiera vibradores y látigos. Una noche de viernes de octubre, cientos de asistentes se juntaron en un estudio de baile en un segundo piso cerca de la zona norte de Bogotá. Iban adornados con flores, cadenas, corsés y frondosas pelucas; su maquillaje primorosamente pintado se iba corriendo mientras la noche avanzaba.

Quienes concursaban contendían por un gran premio y cuando llegó la hora de competir en la categoría de sirena sexi sacaron todo tipo de accesorios: paletas y botella de licor para seducir al juez mientras se iban sacando la ropa hasta casi quedar en desnudez.

Junto al juez estaba sentado el comentarista de la competencia, Jhon Dewar Cordoba Valdés, conocido como Papu para la mayoría, quien iba lanzando a los bailarines frases de aliento intercaladas con sus raps, rimas y gritos de expresiones soeces que se referían a los genitales femeninos. Estas caían como halagos en la subcultura queer de las competencias de baile y modelaje fundadas por hombres negros y latinos gay y mujeres trans en Nueva York en la década de los setenta.

La escena latinoamericana del ballroom, es relativamente reciente. Comenzó en 2013 cuando un grupo de bailarines empezaron a organizar batallas de voguing en Brasil. Desde entonces se ha propagado a otros países como México, Chile, Costa Rica, Argentina y Colombia.

Hace poco, en Colombia, el video viral de vogueros en autobuses del transporte público llamó la atención internacional hacia la escena de Bogotá. También puso de manifiesto un importante aspecto de la cultura de ahí: aunque algunos eventos se realizan en teatros y estudios de baile —como la velada con tema de la Gala del Met— el ballroom sobre todo sucede en público. Los bailes callejeros atraen procesiones de participantes que se pavonean e inclinan ante multitudes que vitorean. Y casi todos los domingos se organizan prácticas en el Parque Renacimiento en Bogotá (que hasta hace poco presentaba Papu), en los que los bailarines pulen sus pasos mientras que papás con bebés en carriolas y hombres de la mediana edad en shorts de baloncesto miran intrigados.

Pero al extenderse la escena latinoamericana, también han crecido las preocupaciones sobre la apropiación cultural, la explotación y la inclusión. ¿Cuánto debería cambiar y adaptarse la cultura ballroom en un nuevo contexto? ¿Se hace lo suficiente para incluir a las personas negras y trans?

En Colombia, por ejemplo, pocos llaman la atención hacia este tema tanto como Papu, de 22 años, quien nació en Quibdó, capital de la provincia de Chocó, en Colombia, pero creció en la ciudad de Nueva York. Desde que llegó al ambiente ballroom en Bogotá en marzo de 2020, ha alzado la voz por la falta de representación afrocolombiana e insiste en respetar las estructuras originales del ballroom, de las que se empapó en Nueva York.

“Las niñas latinoamericanas no respetan los títulos, no respetan las jerarquías, no siguen los lineamientos que se establecieron para el ballroom”, dijo Papu en una entrevista. “Son rebeldes. Quieren hacer lo que les da la gana”.

En Nueva York, la escena ballroom fue fundada por los integrantes más vulnerables de la sociedad, entre ellos jóvenes sin hogar y trabajadoras sexuales. Pero en América Latina, la cultura ha sido importada por bailarines cisgénero blancos con formación profesional que llegaron al voguing a través del mundo de la danza, y luego hacen el proceso inverso al convertir el ballroom en una comunidad y estilo de vida.

Archie Burnett, el abuelo de House of Ninja en Nueva York que ayudó a fundar ambientes de ballroom en México, Europa y Brasil, dice que algunas de estas dinámicas son inevitables.

“Cuando tienes un grupo demográfico distinto, digamos una población blanca con más acceso a dineros y recursos, es fácil organizar un evento”, dijo en una entrevista.

En un evento organizado por Papu en Medellín en octubre, Sky Vemanei, un DJ no binario de 32 años que ha trabajado en ambientes ballroom en toda América Latina, le dijo a los asistentes: “El ballroom no es un concurso de baile. El ballroom no es un espectáculo de moda. Y el ballroom no es Drag Race”.

Más bien, Vemanei —cuyos comentarios fueron recibidos con chasquidos de dedos y murmullos de aprobación— dijo que el ballroom existe particularmente para que las personas trans de piel morena sean valoradas y celebradas.

“Si su color de piel no es oscuro como este”, dijo, señalando su propio brazo, “su trabajo es crear espacio para esta gente primero”.

Vemanei, quien hace poco dejó House of LaBeija para fundar su propia casa, dijo en una entrevista que muchas comunidades de ballroom “no tenían mucha experiencia discutiendo el privilegio blanco o la blanquitud en general, y quién sí pertenece en el ballroom y para quién fue creado este espacio”.

En América Latina hay 130 millones de personas de ascendencia africana, comparados con 42 millones en Estados Unidos. Pero los mayores niveles de mestizaje han dado lugar a mitos nacionales de democracia racial que silencian la historia de segregación, desigualdad y discriminación. Esto permea todos los aspectos de la sociedad, incluido el ballroom. En toda la región, los participantes negros dicen que persisten el racismo, el colorismo y la hipersexualización de los cuerpos negros así como la valoración de los estándares de belleza eurocéntricos.

En Colombia, que tiene la segunda población afrodescendiente más numerosa en Sudamérica después de Brasil, Papu dijo que sentía que el componente básico racial del ballroom estaba quedando fuera del ambiente.

“Bueno ahora estoy en la realidad”, dijo que recuerda haber pensado. “Ahora crecí. Ahora entiendo”.

Pero en el ambiente colombiano muchos consideran a Papu como un intruso que viene de una cultura desconocida para decirles cómo deben hacerse las cosas, sin antes conocerlas ni reconocer lo que ya se ha construido.

Mauricio Godoy, de 27 años, integrante afrocolombiano no binario de la House of Yeguazas y conocido como Pantera, dijo en una entrevista que había “microrracismos” en el ambiente como que te dijeran que “tú eres lindo para ser negro”. En su opinión, el ballroom colombiano sigue siendo un espacio en construcción.

“Yo no le puedo exigir a un bebé recién nacido que me camine porque no va a suceder”, dijo Pantera. “Lo que nosotros necesitamos es paciencia. Una casa no se construye con gritos y alardeos, una casa se construye con práctica, con pegar un ladrillo a la vez”.

Para otros, como Scarlett Mizrahi, de 19 años y madre fundadora (o líder) de la House of Cataleya de Colombia, la novedad del ambiente no es excusa. “Es como si yo siguiera leyendo la Biblia Satánica pero vengo a la iglesia cristiana hace como un mes”, dijo ella. “Es ilógico”.

“No puede haber una gota mínima de racismo dentro del ballroom”, dijo Mizrahi, cuya casa se ha hecho conocida como una casa afro, aunque ella es blanca.

Lo que Papu califica como “rebeldía” en los ambientes latinoamericanos también surge de una relación de agravios históricos con Estados Unidos, y una reticencia a sentirse colonizados. Vemanei observó que las categorías originales del ballroom estadounidense no siempre se traducen o corresponden, dada la relación distintiva que cada país tiene con la colonización, la opresión y los derechos queer: “Están respondiendo a un conjunto muy particular de dinámicas que no siempre corresponden con lo que los estadounidenses negros queer tuvieron que luchar”.

Y mientras que el ballroom latinoamericano todavía tiene muchas conversaciones pendientes en torno a los privilegios y la raza, se ha convertido en un espacio más receptivo para las personas no binarias que el ambiente estadounidense.

Jose Toledo, de 28 años y fundadora de la House of Cobras en Colombia, pasó tiempo en Nueva York aprendiendo del ambiente de ballroom. De vuelta en Colombia, cuando Toledo empezó a integrarse a su identidad de mujer trans no binaria, dijo que se dio cuenta de que ciertas estructuras del ambiente de Nueva York no podían trasladarse al ambiente del país.

Toledo usa maquillaje, viste faldas y lleva las uñas largas, pero mantiene el pelo bien corto y no siente necesidad de hacer una transición médica. Ella dijo que si entrara como mujer trans a un baile de Nueva York, la fastidiarían con comentarios como: “no pareces una mujer, dónde está tu pelo? ¿Dónde están tus bubis?”.

Las personas queer enfrentan riesgos enormes de violencia y discriminación en toda América Latina. El ballroom brinda una familia, una comunidad y un espacio de liberación para celebrar los matices de sus identidades. Colombia es un país en gran parte católico y conservador en lo social e incluso en Bogotá, que es más progresista y eligió a una alcaldesa abiertamente lesbiana en 2019, son muy comunes las anécdotas de agresión verbal y física.

Muchos participantes del ballroom en Bogotá se consideran de género fluido y creen que la transición es un proceso sin un destino fijo. Se vale mezclar de todo: vello facial, pelo largo, peluca, maquillaje, vestidos, tacones, uñas y lencería. La terapia hormonal y la cirugía no siempre están disponibles con facilidad, o ni siquiera son deseadas.

El ballroom original solía estar dividido en categorías como reinas femme para mujeres trans y reinas butch para los hombres gay. Pero en Colombia, por lo general, las categorías acogen a todos. Se siente “agresivo” separar a las personas, dijo Toledo.

Esto también representa un desafío para las categorías tradicionales como “realness”, en la que los participantes compiten para ver cuánto logran pasar como heterosexuales si son gays o como cisgénero si son transgénero. La categoría realness celebra y recompensa el “pase” que las personas gay han tenido que atravesar. Y mientras algunos cuestionan la relevancia de esta categoría, en New York sigue siendo parte esencial del ballroom.

En América Latina, muchos resienten que se les juzgue por cuánto se adaptan a los estándares tradicionales de belleza y puede que ni siquiera estén intentando alcanzarlos.

En ese tema, Papu también ha causado malestar al criticar las modificaciones a las estructuras originales. Cuando comenzó, dijo, modelar en la categoría realness hizo que se sintiera cómodo y seguro en su cuerpo. Y ver en Colombia a hombres mestizos blancos en su mayoría que participaban en el ambiente y alteraban esa cultura al eliminar las categorías y la realness, le pareció una falta de respeto, algo que llamó como una especie de “pensamiento blanco”.

“Si quiero cambiarlo, puedo hacerlo”, dijo sobre la actitud de algunos integrantes mestizos blancos hacia el ballroom. “Y si quiero hacer esto, puedo hacerlo. Entonces puedo tomar lo que es tuyo y apropiármelo”.

“Todos tenemos nuestro espacio y siento que ese es el espacio para gente como yo”, dijo Papu. Si quitan la realness, “¿adónde vamos?”, preguntó.

Vemanei dijo que algunos de estos costos eran inevitables. “Queremos que todos se sientan libres, ¿pero cómo defines a todos?”.

En octubre, poco después del evento que Papu organizó en Medellín, al que acudió poca concurrencia, él escribió en redes sociales un texto dirigido a la comunidad ballroom en el que pedía unidad.

“Cuando uno comete un error uno pide disculpas”, escribió, aunque no especificó por qué. Ha dejado de organizar los ensayos en el parque y le cedió el control a otras personas. Y dijo que se sentía optimista de ver que el ambiente crecía.

“El ballroom”, escribió, “es una gran casa donde nosotros no siempre vamos a estar de acuerdo pero podemos levantarnos y cuidarnos unos a otros”.

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