AKORA KHATTAK, Pakistán — Los talibanes han tomado Afganistán, y esta escuela no podría estar más orgullosa.

La madrasa Darul Uloom Haqqania, uno de los seminarios más antiguos y grandes de Pakistán, ha educado a más líderes talibanes que ninguna otra escuela del mundo. Ahora sus exalumnos tienen puestos clave en Afganistán.

Los críticos de la escuela dicen que es una universidad de la yihad y creen que es responsable de sembrar violencia en la región desde hace décadas. Asimismo, les preocupa que las madrasas extremistas y los partidos islamistas vinculados a estas pudieran envalentonarse por la victoria de los talibanes, alimentando así el radicalismo en Pakistán, a pesar de los esfuerzos de este país por someter a los más de 30.000 seminarios a un mayor control gubernamental.

La escuela dice que ha cambiado y sostiene que los talibanes deberían tener la oportunidad de demostrar que han dejado atrás la violencia de cuando gobernaron Afganistán por primera vez hace dos décadas.

“El mundo ha visto sus capacidades para gobernar el país a través de sus victorias tanto en el lado diplomático como en el campo de batalla”, comentó Rashidul Haq Sami, el vicerrector del seminario.

En absoluto es seguro decir que los talibanes se hayan ablandado, sobre todo considerando el aumento de la violencia a inicios de este año, los informes de asesinatos en represalia dentro del país, las restricciones para que las niñas reciban una educación y las medidas drásticas contra la libertad de expresión. Pero Sami sostuvo que la toma de posesión de los talibanes podría haber sido aún más sangrienta, y señaló que “no repetirían los errores de los años noventa”.

Darul Uloom Haqqania, situada a unos 100 kilómetros de la frontera afgana, ha tenido un gran impacto en la región. Los egresados del seminario fundaron el movimiento talibán y gobernaron Afganistán en la década de 1990. Los expertos afirman que el poderoso ejército de Pakistán utiliza a menudo a los líderes de la escuela para influir en los talibanes.

Al difunto rector, Samiul Haq, asesinado en su residencia de Islamabad en 2018 y padre de Sami, se le llamaba el “padre de los talibanes”.

“Al ser alma mater de decenas de líderes talibanes, Haqqania sin duda inspira un gran respeto”, señaló Azmat Abbas, autor de Madrassa Mirage: A Contemporary History of Islamic Schools in Pakistan, un libro sobre las escuelas islámicas en la historia contemporánea del país.

Sirajuddin Haqqani, de 41 años, que dirigió gran parte de los esfuerzos militares de los talibanes y por cuya cabeza el gobierno de Estados Unidos ofrece una recompensa de 5 millones de dólares, es el nuevo ministro del Interior en funciones de Afganistán y un exalumno. También lo son Amir Khan Muttaqi, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, y Abdul Baqi Haqqani, el ministro de Educación Superior.

El ministro de Justicia, el jefe del ministerio afgano de agua y energía, y varios gobernadores, comandantes militares y jueces también estuvieron en el seminario de Haqqania, dicen los administradores de la escuela.

“Nos sentimos orgullosos de que nuestros alumnos en Afganistán hayan quebrado primero a la Unión Soviética y ahora hayan expulsado a Estados Unidos”, dijo Sami. “Es un honor para la madrasa que sus graduados sean ahora ministros y ocupen altos cargos en el gobierno talibán”.

Muchos de los exalumnos adoptan el nombre de Haqqani como símbolo de orgullo. La red Haqqani —el ala militar de los talibanes, responsable de la toma de rehenes estadounidenses, de complejos ataques suicidas y de asesinatos selectivos— lleva el nombre de la madrasa y mantiene conexiones con ella.

Más de 4000 estudiantes, la mayoría de ellos procedentes de familias pobres, asisten al seminario, un extenso conjunto de edificios de hormigón de varios pisos en un pequeño pueblo ribereño al este de la ciudad de Peshawar. En las clases se enseña desde la memorización del Corán hasta literatura árabe.

En una visita reciente, un académico dio una conferencia sobre jurisprudencia islámica ante una sala repleta de 1500 estudiantes de último año. Los alumnos se rieron de los chistes de un profesor. Otros estudiantes se formaban afuera para almorzar y jugaban al voleibol o al críquet.

Para ellos, la victoria de los talibanes es motivo de gran orgullo.

“Al final, los talibanes derrotaron a Estados Unidos después de luchar durante casi 20 años, y el mundo entero acepta este hecho”, expresó Abdul Wali, un estudiante de 21 años. “Esto también demuestra la visión a futuro y el compromiso de nuestros profesores y antiguos alumnos con Afganistán”.

Wali elogió a Haqqania como un lugar excelente para memorizar el Corán, lo cual según algunos musulmanes los llevará a ellos y a sus familias al cielo. “Haqqania es una de las pocas madrasas prestigiosas del país en la que los alumnos consideran que aprender es un honor debido a su historia, a los destacados eruditos que enseñan en ella y a su educación islámica de calidad”, dijo.

Pakistán mantiene desde hace tiempo una relación incómoda con madrasas como Haqqania. Los líderes que antes veían los seminarios como una forma de influir en los acontecimientos de Afganistán ahora consideran que estos son una fuente de conflicto dentro de Pakistán. El país tiene su propio movimiento talibán, Tehrik-e-Talibán Pakistán, o TTP, que ha sido responsable de una serie de ataques violentos en los últimos años. Las dos partes acordaron un alto al fuego este mes.

Han aparecido nuevos signos de radicalismo en las madrasas, especialmente desde la caída de Kabul, la capital de Afganistán. Los estudiantes han celebrado mítines a favor de los talibanes. En la Mezquita Roja de Islamabad, escenario de una mortífera redada por parte del personal de seguridad hace 14 años, se izaron banderas talibanes por encima de una madrasa de niñas situada al lado.

Mientras tanto, la utilidad de las madrasas ha ido declinando en tanto los funcionarios pakistaníes han ido tomando un papel más directo en los asuntos de Afganistán, indicó Muhammad Israr Madani, un investigador enfocado en asuntos religiosos residenciado en Islamabad.

Entre esas presiones, el gobierno de Pakistán ha intentado disminuir el radicalismo en los seminarios con una mezcla de apoyos financieros e insistencia tras bambalinas.

El gobierno del primer ministro Imran Khan le otorgó al seminario de Haqqania 1,6 millones de dólares en 2018 y 1,7 millones en 2017 por volverlo más “convencional”. Los fondos ayudaron en parte a que la madrasa construyera un nuevo edificio, una cancha de bádminton y un laboratorio de computación, entre otros proyectos.

Haqqania ha ampliado su plan de estudios para impartir inglés,matemáticas y ciencias de la computación. Exige que los estudiantes extranjeros, entre ellos los de Afganistán, provean documentación completa y sus administradores dicen que tiene una política cero frente a las actividades antiestatales.

Los expertos en educación en Pakistán dicen que dicho esfuerzo ha tenido algo de éxito y que Haqqania no propone la militancia como antes.

Aún así, dijeron, tales madrasas enseñan una interpretación reducida del islam. Las clases se enfocan en cómo debatir a las religiones opuestas en lugar de en el pensamiento crítico y enfatizan prácticas como castigar el robo con amputación y el sexo extramarital con lapidación. Eso hace que algunos de sus estudiantes sean vulnerables al reclutamiento de grupos militantes.

“En un ambiente de amplio apoyo a los talibanes, tanto entre el gobierno como la sociedad, sería ingenuo esperar que las madrasas y otras instituciones educativas convencionales adoptaran un enfoque de enseñanza distinto a una postura protalibán”, dijo Abbas.

El plan de estudios de la escuela podría ser menos influyente que los profesores en particular.

“Siempre que un estudiante de madrasa es identificado como participante en un acto de violencia, el enfoque más generalizado es responsabilizar al sistema de madrasas y al plan de estudios por el daño, sin prestar atención al profesor o profesores que influyeron en el estudiante”, dijo Abbas.

Los graduados que habían estudiado en Haqqania en las décadas de 1980 y 1990 afirmaron que no recibieron ninguna formación militar. Sin embargo, algunos dijeron que los profesores solían hablar abiertamente de la yihad y animaban a los alumnos a unirse a la insurgencia de Afganistán. Uno de ellos, llamado Ali, dijo que los estudiantes podían ir con facilidad a Afganistán para luchar cuando estaban de vacaciones del seminario. Pidió que solo se usara su apellido, alegando motivos de seguridad.

Sami, el vicecanciller, dijo que los estudiantes no estaban entrenados para el combate ni se les obligaba a luchar en Afganistán.

Los administradores de la escuela señalan que las recientes declaraciones de algunos grupos en Afganistán reflejan las enseñanzas moderadas. Después de que los talibanes tomaran Kabul, el partido Jamiat-e-Ulema Islam-Sami, fundado por el padre de Sami, los exhortó a garantizar la seguridad de los afganos y de los extranjeros, sobre todo de los diplomáticos; a proteger los derechos de las minorías religiosas y étnicas; y a permitir el acceso de las mujeres a la educación superior.

En cualquier caso, añadió Sami, el mundo no tiene más remedio que confiar en la capacidad de los talibanes para gobernar.

“Le aconsejo a la comunidad internacional que les dé una oportunidad a los talibanes para dirigir el país”, declaró. “Si no se les deja trabajar, habrá una nueva guerra civil en Afganistán, y afectará a toda la región”.


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