Los hijos de las madres que dijeron haber consumido marihuana tenían más del doble de probabilidades que los niños de las madres abstemias a ser ansiosos, agresivos o hiperactivos entre las edades de 3 y 6 años. Su cabello también contenía niveles más altos de cortisol, la hormona del estrés, y tenían variaciones en el ritmo cardíaco que “se han relacionado con una serie de trastornos nerviosos”, dijo una de las coautoras del estudio, Yasmin Hurd, la directora del Instituto de Adicciones de Monte Sinaí.

Sin embargo, el estudio no demuestra que el cannabis prenatal cause problemas de comportamiento en los niños. Algunas de las madres dijeron que solo habían consumido cannabis después de haber dado a luz (aunque el THC puede llegar a la leche materna). Además, las mujeres que consumen cannabis quizá difieran de las madres abstemias en otros aspectos que ponen a sus hijos en riesgo de sufrir problemas de conducta. A lo mejor hay factores de riesgo subyacentes, como los antecedentes familiares de problemas psiquiátricos, o las mujeres pueden haber estado expuestas a otras sustancias químicas durante el embarazo que aumentan el riesgo de problemas de conducta en sus hijos, explicó Ryan Bogdan, un psicólogo de la Universidad de Washington en San Luis que estudia la biología subyacente de los trastornos psiquiátricos. Los autores del estudio intentaron controlar estas diferencias mediante métodos estadísticos, pero de todos modos algunas podrían haber influido en los resultados.

Sin embargo, los investigadores también identificaron posibles explicaciones biológicas para sus hallazgos, lo que refuerza la posibilidad de que la marihuana sea un factor determinante. Como parte del estudio, los investigadores recogieron placentas de algunas de las madres después del parto y analizaron la actividad de sus genes placentarios. Descubrieron que, en comparación con la placenta de las madres abstemias, las de las madres que habían consumido cannabis mostraron una menor actividad en los genes que producen proteínas clave relacionadas con el sistema inmunitario. Se sabe que el THC suprime el sistema inmunitario del consumidor de marihuana, pero es notable ver estos cambios inmunitarios también en la placenta, donde podrían afectar de manera directa al feto en desarrollo.

Desde hace tiempo las anomalías inmunitarias y las infecciones durante el embarazo se han relacionado con problemas neuropsiquiátricos en los niños, señaló Hurd. En las mujeres que contraen la gripe durante el primer trimestre de embarazo, por ejemplo, algunos estudios han encontrado un aumento del riesgo de dar a luz a un bebé que más tarde desarrolle esquizofrenia. Las sustancias químicas inmunitarias clave que el cuerpo fabrica para combatir las infecciones, conocidas como citoquinas, desempeñan un papel importante en la señalización del cerebro, por lo que las alteraciones en estas sustancias químicas durante el embarazo podrían afectar al desarrollo del cerebro.

Según Bogdan, existe la posibilidad de que la marihuana también afecte el modo en que la placenta alimenta al feto en crecimiento. Esto ayudaría a explicar por qué los bebés nacidos de madres que consumen cannabis durante el embarazo son más propensos a tener bajo peso al nacer, y estas restricciones de nutrientes también podrían afectar el desarrollo del cerebro del feto. Además, la placenta contiene una proteína que se une al THC y afecta la forma en que las neuronas se mueven y se conectan entre sí, añadió Bogdan.

Para dilucidar de manera precisa qué es lo que pasa, necesitamos más investigaciones, concluyó El-Chaâr. Muchas preguntas aún no tienen respuestas claras, entre ellas si una determinada cantidad de marihuana es segura durante el embarazo, o si cualquier exposición podría tener efectos potenciales en un bebé en crecimiento. Por ahora, en particular a la luz de los nuevos hallazgos, El-Chaâr aconseja precaución.

“Lo que yo les diría a las pacientes es que no hay ninguna cantidad que se sepa que es segura”, dijo.

Melinda Wenner Moyer es una editora que colabora en la revista Scientific American y es colaboradora regular de The New York Times, The Washington Post y otras publicaciones. En julio se publicó su primer libro: How to Raise Kids Who Aren’t Assholes.

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