Almudena Grandes y Luis García Montero.

Por estos días de fin de año no hay sino un problema poético realmente serio, y es la muerte de Almudena Grandes. ¿Cómo puede entenderse que una escritora tan talentosa, torrencial, y una persona tan esencialmente buena, pueda desaparecer? Es una pregunta literaria, lo sé. Una pregunta triste y a la vez sencilla, porque el destino de todo lo que está vivo es morir. “Mi muerte no es un acontecimiento de mi vida”, escribió Wittgenstein, “no puedo vivir mi propia muerte”. No podemos, claro. Sólo anticipar y tratar de alejarla, como en ese verso de Isabel Escudero que dice: “Muerte, ven a llevarte el pensamiento de la muerte”.

Una gran artista que se propuso levantar esa especie de muro contra el océano, un dique contra el Pacífico, un proyecto literario casi inhumano por grande y ambicioso: restituir la memoria y la dignidad a los derrotados de su país en la guerra contra el fascismo, de esa historia de España “que siempre termina mal”, de esa helada paz de la posguerra que duró diez veces más que la guerra en donde ella veía el origen del presente en que vivió y por el que luchó como intelectual. Escribir sobre los que perdieron, una de las misiones esenciales del arte, porque perder nos hace radicalmente humanos. ¡Ay de quienes no conocen la derrota!

Su entierro, con los lectores enarbolando sus libros, es una de las imágenes más hermosas que he visto en mi vida y no creo que pueda existir un reconocimiento mayor para un artista. Lo he visto una docena de veces y me conmueve tanto, tanto. Hay allí mucha nobleza y amor, y algo que sólo el arte y la cultura pueden lograr y es una comunidad de sentido, una gran metáfora colectiva que tiene que ver con la belleza y la derrota y la poesía, eso que César Vallejo quiso decir cuando dijo: “Tanto amor y no poder nada contra la muerte”. Ese verso está en el féretro que se hunde en la tierra llevando un libro de poemas de Luis García Montero; está en Almudena que se retira entre aplausos, con banderas republicanas ondeando hermosamente al viento. Por eso cada vez que lo veo, desde el otro lado del mundo, digo en mi mente: “Compañera Almudena…”, y me respondo a mí mismo, solo, en mi estudio: “¡Presente!”. Y en la noche, cuando ya sólo queda la poesía, repito ese verso de Ernesto Cardenal que es una imprecación: “¡Nos vale verga la muerte!”.

Porque Almudena murió en Madrid el 27 de noviembre, pero también murió aquí en Colombia. También Colombia perdió a una escritora. Por fortuna su voz se conserva en archivos radiales y es tan bello oírla una y otra vez hablando de sus libros o de la vida o de las ideas políticas que tanto defendió y que en este país son aún tan frágiles. Los libros de Almudena estarán siempre en las librerías y bibliotecas demostrando otra cosa: que un gran autor no es sólo el que se sobrepone a una derrota; es también aquel que sobrevive a un rotundo éxito, como hizo Almudena después de que su primer libro, Las edades de Lulú, se tradujera a todas las lenguas y vendiera millones de ejemplares. “Tuve que elegir entre ser escritora o ser famosa”, dijo, y ganó la escritora, que por lo demás fue y seguirá siendo famosa hasta los últimos confines de la república de las letras, y aún más allá, en ese otro sendero que sólo pocos recorren: el del corazón de quienes llevamos sus libros (y su voz) en la memoria.

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