LONDRES — Cuando era un niño, Óscar Murillo le dijo a su mejor amigo que se iba a mudar a Londres, pero su amiguito se negó a tomarlo en serio: su comunidad, muy unida, en el suroeste de Colombia, era el tipo de lugar en el que las familias vivían durante generaciones, donde casi todos trabajaban en la fábrica de caramelos que dominaba la economía del pueblo.

Sin embargo, la noticia era cierta: en la década de 1990, Óscar, de 11 años, dejó La Paila, Colombia, y llegó al este de Londres, donde sus padres consiguieron trabajo como limpiadores de oficinas.

Al hablar poco inglés y sentirse desplazado, se refugió en el dibujo. Estos primeros garabatos lo llevaron a la pintura, lo que a su vez lo condujo a una práctica artística multimedia y, en 2019, a ganar el Premio Turner, uno de los galardones más prestigiosos del mundo del arte.

Pero los recuerdos de La Paila, y del refugio que encontró en esos primeros garabatos, siguen presentes en sus obras que ahora cuelgan en los principales museos de todo el mundo. Sus lienzos, obras de múltiples capas de color que también pueden incluir suciedad pegada y palabras en español de gran tamaño, alcanzan ahora los 300.000 dólares o más en las subastas.

“Mi obra es un detonador social”, dice Murillo, un hijo de inmigrantes de clase trabajadora, que quiere romper las barreras que rodean a una clase social que suele negarle la entrada a gente como él. Es “una manera de infiltrarme en ese sistema”.

Aunque algunos podrían ver una contradicción o incluso una hipocresía en que un artista gane tanto para enviar un mensaje de conciencia social, los críticos lo ven de otra manera.

“Sí, su obra es relativamente cara, pero también está anclada en la explotación del trabajo en los mercados mundiales”, dijo Linda Yablonsky, una destacada escritora de arte. “Llama la atención a través de sus materiales y su proceso de trabajo”.

Como ejemplo, en su primera exposición individual significativa en Nueva York en 2014, reconfiguró la galería para convertirla en una réplica que funcionaba de la fábrica de chocolate de su infancia, como una forma de evidenciar las desigualdades sociales y las economías poscoloniales.

Su enorme estudio en el norte industrial de Londres, donde no solo pinta sino que también trabaja en instalaciones escultóricas, videos y otros medios, tiene un aspecto más convencional, lleno de pilas de lienzos. Pero el giro inesperado es que muchos cientos de estos cuadros no fueron creados por Murillo, sino por niños de todo el mundo.

En 2013, envió lienzos en blanco a La Paila para que los niños de allí tuvieran materiales para expresarse. A continuación, envió lienzos a escuelas de Zambia y luego a Kenia.

Desde entonces, Murillo ha puesto a disposición más de 40.000 lienzos cuyos espacios vacíos se han llenado con el esfuerzo creativo de niños de 34 países.

Mientras Murillo recorría su estudio en un fresco día de noviembre, se detuvo ante algunos de los lienzos y sacó otros de niños de Mumbai, cuyo uso del color admiraba especialmente.

“La idea es dejar que estos niños exploren en la realidad íntima del pupitre de la escuela, que hagan marcas de sus propios deseos”, dijo, y añadió que ve los lienzos como “dispositivos de grabación” que absorben los pensamientos de los niños. “La verdad de una sociedad sale de forma natural”.

Los lienzos, que se recogen tras adquirir una pátina de meses en las aulas de los alumnos, se han expuesto en importantes salas de arte y trienales de tres continentes, y se están digitalizando.

Para Murillo es importante que los lienzos “no se traten de forma paternalista como dibujos de niños”, dijo Clara Dublanc, codirectora del Instituto Frecuencias, como se conoce el proyecto sin fines de lucro.

Aunque Murillo, de 35 años, dejó Colombia hace un cuarto de siglo, su estudio puede parecer una extensión de su tierra natal. Algunos asistentes del estudio son de La Paila. La cháchara gira en torno a los resultados del fútbol colombiano.

Si hubiera crecido en La Paila, Murillo imagina que habría acabado como “obrero de la fábrica o sicario”.

Su amigo de la infancia Yeison Murillo (no es pariente) pasó 12 años como adulto echando chocolate en polvo en una máquina hasta que lo despidieron y emigró a Seattle.

Por teléfono desde Estados Unidos, dijo que recordaba cuando Murillo, entonces de 17 años, volvió de visita a La Paila.

“Llegó con cabello grande y unas ideas grandes”, dijo Yeison, que añadió que no prestó mucha atención a la grandilocuente conversación porque a su amigo “todavía le gustaba jugar fútbol descalzo”.

Pero las ambiciones artísticas de Murillo eran serias, y obtuvo una maestría en el Royal College of Art, ayudándose a pagar la matrícula trabajando como limpiador.

Sin embargo, un título avanzado no era garantía de éxito en el abarrotado mundo del arte londinense, donde era un graduado más que tenía problemas para encontrar una galería. A menudo acudía a las inauguraciones de exposiciones.

“Había algo diferente en él”, recuerda Tom Cole, un galerista que lo conoció en esos años de precariedad. “Hablador. Cercano”.

Curioso, Cole le dijo que quería visitar su estudio, y Murillo lo invitó a una cena casera.

“Era muy interesante, con opiniones muy firmes sobre lo que debía ser el arte”, dijo Cole, ahora copropietario de la galería Sunday Painter de Londres. “Lo importante que era que el arte tuviera un papel social y político y cómo el arte carecía de eso”.

Añadir un elemento comunitario a su arte lo ayudó a conseguir sus primeras exposiciones y, desde entonces, el enfoque colaborativo ha sido una característica de su trabajo: Murillo le propuso a Cole que cocinaría en su galería las mismas arepas y tamales que acababa de servirle.

“La muestra atrajo a una gran multitud y fue divertida”, dijo Cole sobre la exposición de 2011. “Estaba verdaderamente interesado en el aspecto comunitario de reunir a la gente”.

A Murillo también le interesaba colisionar mundos que, de otro modo, probablemente nunca se cruzarían: como los iniciados en el mundo del arte y los limpiadores nacidos en Colombia.

Estos fueron los primeros indicios de lo que Murillo llama sus “infiltraciones”, dijo, como cuando “un coleccionista en Estados Unidos lee la palabra ‘tamales’” flotando en su pared en un cuadro que costó seis cifras colgado en una casa decorada sin reparar en gastos.

Murillo no tardó en llamar la atención de la galería David Zwirner, que lo incluyó en su lista y aún lo representa.

“Tuvo un ascenso meteórico, un ascenso justificado”, dijo Cole, y añadió que Murillo había logrado un atractivo tanto comercial como de la crítica. “Pocos artistas consiguen eso”, dijo Cole. “Murillo logró ambas cosas”.

Una cosa que el artista no hace, según sus propias palabras, es la política de identidad al estilo estadounidense.

“La única experiencia que cuenta parece ser la estadounidense, y esa no es mi experiencia”, dijo Murillo. “El mundo es un paisaje más amplio. ¿Dónde está Brasil? ¿Dónde está Colombia en la conversación sobre la raza? Prefiero no entrar en esa conversación tal y como está hoy. La encuentro, en última instancia, divisiva”.

Eso no quiere decir que Murillo no considere que su arte tenga una carga política. Pero ve sus preocupaciones a través de un lente más británico: “Prefiero hablar de la clase”, dijo, que considera una lucha más universal.

Mientras exponía desde París hasta Tokio, había un lugar en el que seguía siendo muy desconocido: Colombia.

Durante los últimos siete años, María Belén Saéz de Ibarra, una curadora colombiana, ha estado trabajando para cambiar esta situación, al planificar una exposición de Murillo en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. La muestra, Condiciones aún por titular, se inauguró finalmente en octubre.

Saéz de Ibarra recuerda su llegada. “Abrió la maleta y salió un lienzo negro”, dijo, refiriéndose a uno de los lienzos sin estirar que Murillo cuelga como banderas caídas en los pabellones de arte. “Él es un trashumante planetario que va arrastrando ese dolor por el mundo”.

Cuando llegó el momento de instalar la muestra, las protestas callejeras, a veces violentas, por la desigualdad y los abusos policiales sacudieron a Colombia. Murillo invitó a los líderes estudiantiles de las protestas a ayudar a montar la exposición. “Estaban en peligro. Era mi manera de involucrarme”, dijo.

Durante su estancia, Murillo vio parte de la discriminación que sufren los millones de venezolanos desplazados que han llegado allí, incluso a La Paila.

“Irónicamente, en Colombia simpatizo más con el venezolano”, dijo. “Como migrante entiendo lo que están pasando”.

Las dificultades a las que se enfrentó al crecer se le han quedado grabadas y han influido en su política y su arte, pero se muestra receloso al momento de dividir el mundo de una manera demasiado clara.

“Conocía al opresor y romantizaba al pueblo oprimido”, dijo. “Pero los oprimidos también pueden convertirse en monstruos”.

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