RÍO DE JANEIRO — La Toca do Baiacú era un relajo. Las mesas estaban repletas de botellas vacías, los platos sucios se apilaban por todas partes y en el baño ya no había jabón.

El dueño del bar, Marco Antônio Targino, bebía cerveza en una esquina. “Para los que les gusta la suciedad, esto es una belleza”, dijo con una sonrisa.

Afuera, el callejón empedrado estaba lleno de juerguistas sin cubrebocas, que bailaban y cantaban alrededor de una banda de samba improvisada. No había habido tanta gente desde el inicio de la pandemia, y Targino lo estaba disfrutando.

“Se siente como si estuviera vivo otra vez”, expresó. “No me morí”.

Y tampoco su bar. Los cierres por la pandemia y la falta de ventas casi acabaron con el lugar, y con otros cientos de locales para beber. Pero ahora, una de las señales más claras de que Río de Janeiro está volviendo a una cierta normalidad es que los pé sujo (bares de pies sucios) de la ciudad han reabierto.

Ese es el nombre de los pequeños bares que se desbordan por las aceras de Río con mesas y sillas de plástico, que sirven cerveza fría y algo frito a casi cualquier hora del día. Los pé sujo son un cruce entre un bar de mala muerte y una fonda de barrio, donde la mugre forma parte del encanto. Las encimeras están oxidadas, los precios son bajos y el uso de camisa y zapatos es opcional.

“Los restaurantes grandes no te dejan fumar. Aquí puedes fumar casi lo que sea”, afirmó Sandro Lima Rodrigues, un mesero calvo y con barba de candado en La Paris, un local donde un desayuno de café expreso y pan a la plancha untado con queso procesado cuesta 90 centavos.

“Somos la esencia de Río”, añadió.

Sí, Río de Janeiro tiene playas soleadas, vistas impresionantes y su colorido Carnaval, pero muchos cariocas, como se les dice a sus habitantes, coinciden en que si quieres conocer el espíritu de su ciudad, tienes que ir a un pie sucio.

“Río no es un lugar democrático”, dijo Marcelo Freixo, profesor de historia que ahora representa a Río en el Congreso de Brasil. “Pero puedes escapar de la desigualdad con algunos recursos: las sambas, las playas y los bares de mala muerte”.

La pandemia obligó a cerrar una cuarta parte de los restaurantes y bares de Río, según un grupo comercial de la localidad, y la ciudad acaba de establecer nuevas normas que restringen la entrada de los no vacunados a los bares debido a la preocupación por la variante ómicron. Sin embargo, para consuelo de muchos cariocas, la mayoría de los pé sujo siguen activos.

Fernando Blower, propietario de un bar de Río y directivo del grupo comercial, atribuyó la resistencia de esos locales al hecho de que muchos son establecimientos familiares que se pusieron creativos.

Toca do Baiacú vendía obras de arte donadas por un conocido dibujante asiduo del bar. La Paris abría cuando la policía no estaba pendiente y vendía cerveza para llevar cuando sí lo estaba. Confeitaria e Bar Solange (solo es un bar y no, no hacen dulces) hacían entregas a domicilio de sus platillos de hígado y costillas de res a los clientes habituales del barrio. Los tres siguieron pagando a sus empleados durante los confinamientos, incluso sin subvenciones del gobierno.

Armazém Senado vendía pasta de dientes, papel higiénico y cloro. Los dos hermanos propietarios del local pidieron un préstamo de unos 5000 dólares y reanudaron sus noches de samba en un momento en que la ciudad aún restringía las reuniones. (La estrategia de los dueños llegó a los titulares mediáticos cuando el alcalde visitó el bar y fue fotografiado cantando sin mascarilla. Pagó una multa).

Targino, de 64 años, empezó a ir a beber en lo que se convertiría en Toca do Baiacú en la década de 1980, después de días de trabajo como empleado bancario en las cercanías. Tomando cerveza barata y cachaza, se hizo amigo de los demás clientes habituales, incluido un mecánico de barcos local.

En 2007, el bar se puso a la venta. Preocupado por que se convirtiera en otro restaurante gentrificado, lo compró y rebautizó el local con el nombre de un antiguo camarero que, según él, se parecía a un baiacú (pez globo). Dibujó un nuevo logotipo en papeles de cigarrillos: un pez con sobrepeso y bebedor de cerveza.

“Estaba realmente mugriento”, dijo Targino. “Deplorable. Una letrina”.

“Ahora solo es un relajo”, dijo.

Para limpiar el lugar, Targino contrató al mecánico de barcos, Geraldo Serrador. Ahora, el conserje del bar, no apreció la descripción de su jefe sobre su higiene.

“Me preocupa que ahora mismo haya un vaso sucio en la cocina”, gritó Serrador, de 61 años, para hacerse oír mientras una banda de samba tocaba.

Los pé sujos son hermanos de otros tipos de bares de mala muerte, como el boteco y el botequim, que empezaron como tiendas de abarrotes, de ahí su nombre que significa “bodega”.

Los orígenes del término pé sujo no son muy claros. Algunos propietarios dicen que se debe a la clientela pobre que solo usaba chancletas o no tenía zapatos. Otros opinan que es porque los clientes escupían en el piso y los dueños lo limpiaban con aserrín.

“Salías de ahí con los pies sucios”, explicó Paulo Mussoi, un periodista de Río que lleva más de 20 años escribiendo una columna sobre pé sujos con el seudónimo “Juarez Becoza”.

Durante décadas, los bares eran sobre todo para los hombres de clase trabajadora. Muchos carecían incluso de baños para mujeres. Pero en los años noventa, la clase media de Río descubrió los pé sujos y el boteco, y rápidamente se pusieron de moda, celebrados como joyas culinarias ocultas.

La comida de estos bares muestra influencias de Portugal, África occidental y el noreste de Brasil. Hay sardinas fritas, chicharrones fritos, huevos encurtidos, mollejas y guisos de patas de res y cola de buey. Los locales han inspirado imitadores que copian su estilo sencillo pero con precios más elevados. Los cariocas los llaman “pies limpios”. (Es un insulto).

El pé sujo promedio es un lugar de reunión de barrio que refleja los ritmos de la vida carioca. Por ejemplo, Confeitaria e Bar Solange, está en una sección residencial del vecindario de clase media Glória, al sur del centro de la ciudad.

Pelé Joensson, de 57 años, inmigrante sueco, dice que la mayoría de los días llega a eso de las 6 a.m. para comprar café y llevar una de las sillas de plástico del bar al otro lado de la calle para ver cómo se va despertando su barrio. Luego pasa horas socializando.

“Si vives solo, aquí es donde tienes tu vida social”, dijo.

Ya más avanzada la mañana, un mesero y cocinero a quien todos le dicen “Toninho”, o Toñito, puso a la venta un guiso de cerdo recién cocinado (3 dólares el plato). Durante su hora de descanso, tres albañiles tomaban un refresco en el otro extremo del bar. Unas horas más tarde, los vecinos celebraron el cumpleaños de un portero del barrio con un pastel y rifando un bacalao congelado.

Al caer la noche, la cosa se puso más ruidosa. Los clientes tomaban las endebles sillas de plástico de una pila junto a la puerta y se sentaban en círculos de amigos que se iban sumando. Cada grupo compartía una sola botella de cerveza de 20 onzas (1,40 dólares) a la vez, repartida en pequeños vasos. Este es el método que se usa para que nadie beba cerveza caliente, lo cual es un sacrilegio en Brasil. Las botellas se colocan en neveras pequeñas que llaman “camisitas”, o preservativo en la jerga brasileña.

En un grupo especialmente bullicioso había un taxista, un agente de bienes raíces, una de las primeras ejecutivas transexuales de Unilever y un vendedor jubilado con pantalones de cuero.

“¿Qué hace que un pé sujo sea lo que es?”, preguntó el agente de bienes raíces, Luiz Felipe Cavalcante. “Cerveza, comida, gente, amistades, fútbol. Ah y mujeres, ¡mujeres!”.

Aparecida Araújo, una vendedora de cemento, aportó otro ingrediente que faltaba: “Borrachos diciendo tonterías”.

Targino, propietario de Toca do Baiacú, dijo que lo que define a un pé sujo no es su comida o sus bebidas, sino su espíritu relajado.

“Si coges un cerdo, lo metes en tu casa, lo bañas, le pones un lazo al cuello y lo dejas en tu patio, ¿qué va a hacer? Se tirará al barro y se ensuciará de nuevo”, dijo. “Quiero ir donde me sienta bien, tener la camisa abierta y llevar chancletas. Ahí es donde estoy en mi hábitat natural, como ese cerdito sano”.

@Breno Salvador colaboró en este reportaje.

Jack Nicas escribe sobre tecnología desde San Francisco. Antes de integrarse al Times pasó siete años en The Wall Street Journal, donde cubría tecnología, aviación y noticias nacionales. @jacknicas • Facebook


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