La educación es un indicador fiable del estatus socioeconómico, y otros estudios han descubierto de forma similar una relación entre los ingresos y la vacunación. Un análisis realizado en junio de los datos del distrito censal de Michigan mostró, por ejemplo, que las tasas de vacunación en los barrios de población negra del condado de Saginaw estaban por debajo del 35 por ciento, y las tasas en las zonas blancas pobres cercanas no eran muy diferentes. Los votantes que se identifican como demócratas son mucho más propensos que los republicanos a vacunarse, pero, según los datos de Michigan, esta diferencia también desaparece cuando se tienen en cuenta los ingresos y la educación. Resulta que la verdadera brecha en la vacunación es de clase.

Esto se puede ver sobre todo en las casas de St. Mary’s Park Houses, donde Steed creció. Aquí, en medio de las paredes descarapeladas y la puerta de entrada rota, los residentes dicen que la autoridad de vivienda de la ciudad de Nueva York, que padece de una carencia crónica de fondos, los ha dejado a su suerte. Cuando visitamos la comunidad hace poco para preguntar sobre las vacunas, el sistema de calefacción estaba averiado a pesar del frío de noviembre. Los tejados estaban en mal estado. Algunos residentes no tenían más remedio que ocupar unidades inhabitables; las interrupciones del suministro de gas obligaban a los inquilinos a utilizar estufas eléctricas. Las personas sin hogar se han refugiado en las escaleras y los pasillos.

Dana Elden, presidenta de la asociación de inquilinos, y amiga de Steed, dijo que se ha sentido abandonada por la autoridad de vivienda pública de la ciudad. Cuando llegó la pandemia, dice que los residentes se vieron obligados a utilizar los fondos destinados al mantenimiento de la propiedad para comprar cubrebocas, guantes y desinfectante para manos. Han recurrido a organizaciones benéficas locales para las pruebas de covid, e incluso para las comidas de los inquilinos hambrientos. “La gente está pensando: ‘Si el gobierno no va a hacer nada por nosotros, entonces, ¿por qué deberíamos participar en la campaña de vacunación?”, explicó Elden.

Los estadounidenses no pensaban en las decisiones sanitarias de esta manera sino hasta hace poco; durante las campañas contra la polio de la década de 1950, por ejemplo, la mayoría de la gente veía la vacunación como un deber cívico. Sin embargo, cuando las arcas públicas se redujeron en la década de 1980, los políticos insistieron en que ya no era tarea del gobierno garantizar el bienestar de la gente; en cambio, los estadounidenses debían ser responsables únicamente de sí mismos y de sus propios cuerpos. Industrias enteras, como la autoayuda y los alimentos saludables, han surgido bajo el principio de que la clave de la buena salud reside en que los individuos tomen las decisiones correctas.

Amanda Santiago, inquilina de St. Mary’s Park, nos dijo: “No soy necesariamente antivacunas”. Pero explicó que decidió no vacunarse como “una opción personal”. Un creciente número de investigaciones sugiere que el punto de vista de Santiago refleja un cambio más amplio en Estados Unidos, a través de la clase y la raza. A falta de una idea del bien común, a menudo se habla de la salud con el lenguaje de la “elección”. En una protesta reciente contra el mandato de vacunación obligatoria en Brooklyn, algunos manifestantes llevaban camisetas de Black Lives Matter y coreaban: “¡Mi cuerpo, mi elección!”. Cuando los Brooklyn Nets excluyeron a su guardia estrella Kyrie Irving por rechazar la vacuna, el director general de los Nets, Sean Marks, reconoció: “Kyrie ha tomado una decisión personal, y respetamos su derecho individual a elegir”.

Por supuesto que considerar las decisiones sanitarias como elecciones personales tiene muchas ventajas: nadie quiere someterse a procedimientos en contra de su voluntad. Pero reducir la salud pública a una cuestión de elección plantea problemas. Da la impresión de que los individuos son totalmente responsables de su propia salud. Y esto ocurre a pesar de que cada vez hay más pruebas de que la salud se ve profundamente influenciada por factores que no están en nuestro control; los expertos en salud pública ahora hablan de los “factores determinantes sociales de la salud”, la idea de que la salud personal nunca es solo un reflejo de las decisiones individuales de estilo de vida, sino también de la clase en la que se nace, el barrio en el que se crece y la raza a la que se pertenece.

La pobreza y las condiciones ambientales están estrechamente relacionadas con enfermedades crónicas como la diabetes y las cardiopatías. El sur del Bronx tiene una de las tasas de mortalidad más elevadas por asma de Estados Unidos, en parte debido a las viviendas públicas en ruinas; también es una de las regiones con menos seguridad alimentaria del país. Pero los desiertos alimentarios y la miseria no son problemas fáciles de resolver —desde luego no pueden lograrlo por sí solos los individuos o las organizaciones benéficas— y requieren una acción gubernamental significativa. Sin estas reformas, los médicos de atención primaria solo pueden tratar a sus pacientes a través de la óptica de la responsabilidad personal. En muchas facultades de medicina se enseñan las “entrevistas motivacionales”, para que los médicos puedan guiar a los pacientes a tomar mejores decisiones sobre su estilo de vida. Esto puede ser útil, pero no aborda el problema más profundo: estar sano no es barato. Los estudios indican que los alimentos con más carbohidratos y menos valor nutritivo son más accesibles, y las dietas de bajo costo están relacionadas con la obesidad y la resistencia a la insulina.

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