AUSTIN, Texas — El gobernador Greg Abbott sorprendió a algunos de sus colaboradores cuando este otoño llegó a su despacho con los planes de un nuevo decreto pandémico: una prohibición para que los empleadores privados de Texas no pudieran exigir la vacunación a sus empleados.

La decisión marcó una transformación dramática para el gobernador, quien ya lleva dos mandatos, un tipo de intromisión en los asuntos de las empresas que Abbott siempre ha rechazado. De hecho, solo dos meses antes se había opuesto a este tipo de medidas. “Los negocios privados no necesitan que el gobierno maneje sus negocios”, dijo una portavoz en aquel momento.

Su cambio de actitud suscitó críticas de los principales grupos empresariales de Texas, desde corporaciones como American Airlines, y de un importante actor de la política republicana local, Texans for Lawsuit Reform. También provocó frustración entre algunos integrantes del personal del gobernador.

Quienes han conocido a Abbott y visto su ascenso —de abogado a juez de una corte estatal a procurador general y, finalmente, a gobernador— han quedado sorprendidos con su súbita decisión de alinearse con los activistas más estridentes del Partido Republicano.

Pero como un gobernador que tiene un sentido atento de los vientos políticos, en un estado en donde el dominio republicano sigue siendo total, su prohibición a los mandatos de vacunación era una forma de ser coherente con su afición por interpretar el momento. Y en este momento, incluso en un estado como Texas, donde todo gira en torno a los negocios, los intereses corporativos están fuera de lugar y los culturales están en boga.

Está supervisando una auditoría de los resultados electorales de 2020 en cuatro grandes condados de Texas, un estado en donde el expresidente Donald J. Trump ganó por más de 5 puntos. Pidió y aprobó legislación que restringe a los atletas transgénero luego de que cuatro años antes parecía haberse alegrado de que no avanzaran las restricciones en los baños para las personas trans en el estado ante la oposición de los empresarios. Pasó de ordenar el uso de mascarillas el año pasado, a prohibir dichas órdenes esta primavera.

Su giro a la derecha será puesto a prueba el próximo año, cuando encara a su oponente más conocido y con más financiamiento hasta el momento: Beto O’ Rourke, quien anunció su candidatura a finales del mes pasado. Su enfrentamiento hace preguntarse cuánto puede ir un gobernador de Texas hacia la derecha y mantenerse frente a una ola creciente de demócratas en las principales ciudades y suburbios del estado.

La elección también es una prueba importante de la fuerza de Abbott a nivel nacional, donde a menudo se le menciona junto con otros posibles candidatos presidenciales alternativos a Trump, como el gobernador Ron DeSantis de Florida, aunque sus asesores insisten en que no está interesado. Sus ataques a O’Rourke, así como al presidente Biden, se han intensificado.

Estos días, Abbott se encuentra dividido entre el enfoque conservador balanceado que le ha ganado popularidad entre los círculos empresariales de Texas y un enfoque intenso en ganar en un Partido Republicano que evoluciona, según entrevistas con muchos asesores y exasesores y más de una veintena de amigos, excolegas, funcionarios electos y estrategas políticos.

Su prohibición a los mandatos de vacunación no fue suficiente para los ultraconservadores que han estado exigiendo una sesión legislativa especial para reglamentar su orden. Al mismo tiempo, negocios y hospitales han avanzado en sus requerimientos de vacunación, planeados o existentes, mientras que el estado ha hecho poco o nada para que la prohibición entre en vigor, indicaron los grupos industriales.

Cuando Abbott postuló por primera vez a la gubernatura, en 2014, presentó un rostro más moderado al enfrentarse a la legisladora estatal demócrata Wendy Davis. Un anuncio en español mostraba a su esposa Cecilia, nieta de inmigrantes mexicanos. En otro aparecía en su silla de ruedas —está paralizado de la cintura para abajo después de un accidente en 1984— desplazándose por un mapa para mostrar cómo los negocios se iban de California a Texas.

Pero mientras que los republicanos han fortalecido su control del gobierno estatal, Abbott ha enfrentado desafíos de la base de su partido. Este año, Abbott se unió al revoltoso vicegobernador, Dan Patrick, para respaldar quizás las sesiones legislativas más conservadoras en la historia de Texas.

Lo ha hecho incluso a pesar de que ya disponía de fondos de campaña por casi 60 millones de dólares y el apoyo anticipado de Trump, quien a menudo llama por teléfono celular al gobernador. (Trump lo ha llamado para ejercer presión por la auditoría del voto de 2020).

Ha mantenido una actitud segura y ofrecido asesoría a otros gobernadores republicanos, en especial a los que han sido electos recientemente. Al llegar la pandemia, Abbott organizó llamadas semanales con sus pares para discutir las políticas y los ha liderado a plantar oposición contra la gestión de Biden y crear un enfoque separado, estatal, de justicia penal hacia los migrantes.

Y sus ataques agresivos contra Biden en temas fronterizos le han asegurado apariciones regulares en Fox News.

“Greg es un conservador archi archi ultraderechista, lo cual sigue sorprendiéndome”, dijo Pearson Grimes, socio en el despacho de abogados en el que Abbott trabajó en los años ochenta después de que la caída de un árbol lo paralizó de la cintura para abajo. Grimes ayudó al futuro gobernador a encontrar un abogado para su demanda por el accidente.

“Cuando lo conocí hace mucho”, dijo Grimes, “nunca hubiera imaginado que esta sería su política”.

Abbott, quien lleva a cabo pocas conferencias de prensa, rechazó las solicitudes de declarar para este artículo. Renae Eze, su secretaria de prensa lo describió por correo electrónico como “un líder conservador inquebrantable” y “defensor de los derechos constitucionales y fundamentales”, un hombre impulsado por su fe en el “excepcionalismo de Texas” y la necesidad de protegerlo.

Abbott, de 63 años, nació en el pueblo de Wichita Falls, Texas, una pequeña comunidad al noroeste de Dallas, y luego se mudó a Duncanville, al sur de la ciudad. Su padre murió de un paro cardiaco cuando Abbott estaba en el bachillerato y su madre, que se dedicaba al hogar, se puso a trabajar para mantenerlo a él y a su hermano mayor, Gary, quien es conocido como Bud.

Para cuando acudía a la Escuela de Derecho de Vanderbilt, Abbott ya se había casado. Conoció a su esposa en la Universidad de Texas. “Tal como lo recuerdo, en aquellos años no era especialmente político”, dijo Fred Frost, un amigo de la facultad que ahora es el asesor legal ejecutivo de ExxonMobil.

Fue cuando trotaba con Frost por el acaudalado barrio de River Oaks en Houston que la vida de Abbott cambió: un roble le cayó encima con tal fuerza que aplastó un Cadillac que estaba cerca. Abbott, quien solo tenía 26 años, perdió la sensibilidad en las piernas de inmediato.

Estaba dispuesto a recuperarse. Frost recuerda una noche al salir en Houston que vio a Abbott estacionar su sedán dos puertas color guinda en un restaurante, tomar su silla de ruedas, subirse de un salto y dar la vuelta al lado del pasajero para abrirle la puerta a su esposa.

Abbott consiguió un acuerdo que incluye pagos por el resto de su vida, que hasta el momento ascienden a unos 8 millones de dólares. El arreglo no impidió que más tarde Abbott fuera un defensor firme de poner límites a las demandas civiles por lesiones. Cuando era un abogado joven en Houston defendió al sistema municipal de autobuses en casos personales de lesiones.

Después del accidente, su silla de ruedas ha quedado entrelazada con su identidad profesional. Como gobernador, le ha permitido conectar con los demás en momentos de tragedia, dijeron sus colaboradores, como sucedió tras el tiroteo masivo de 2019 en un Walmart de El Paso que dejó a 23 personas muertas, o luego del huracán Harvey en 2017.

Aún así, a pesar de su historia personal, los analistas políticos en Texas a menudo se lamentan de que Abbott carezca de la gran personalidad de sus predecesores inmediatos: Ann Richards, George W. Bush y Rick Perry.

“Es un conservador con ‘c’ minúscula, es decir, cuidadoso”, dijo Robert Stein, profesor de ciencia política de la Universidad de Rice.

Abbot se ha erizado ante los desafíos que se le prestan desde la derecha por parte de Don Huffines, un exsenador estatal, y por Allen West, un excongresista por Florida que lideró fugazmente el Partido Republicano de Texas. Aunque los sondeos muestran que Abbott es muy popular entre los votantes republicanos, ha parecido concentrarse en una pequeña cantidad que lo ha abandonado.

Incluso antes de empezar su campaña, ya recorría el estado para reunirse con votantes republicanos y organizaba asambleas telefónicas por invitación. A menudo reserva parte de su agenda diaria para dedicar ocho horas a hacer llamadas de recaudación de fondos.

Una primera prueba de su liderazgo se presentó durante el primer año de Abbott como gobernador, cuando entre los círculos conservadores se originaron teorías de la conspiración de que un ejercicio militar estadounidense, conocido como Jade Helm 15, en realidad era un plan secreto para invadir Texas. Abbott quería decir algo.

“La gente había estado interactuando con él por Twitter”, dijo un asesor. “Se sintió obligado a responder. Para él, esta es la gente de base que participa en la política partidaria. Son los que van y tocan puertas en tu nombre” para hacer campaña.

Al final el gobernador decidió enviar a la Guardia Estatal de Texas, que forma parte del departamento militar del estado, a “monitorear” la operación.

Para algunos de sus aliados fue un error. Para sus críticos demócratas, fue un momento emblemático de un gobernador que no estaba dispuesto a enfrentar a los marginales de su partido.

“Abbott es simplemente un tipo que, en mi opinión, siempre está temiendo algo”, dijo Chris Turner, el líder demócrata en la Cámara de Representantes de Texas.

Antes de la pandemia, Abbott había logrado unir al ala afín al empresariado del partido con el extremo más de derecha. Pero en tanto el virus dividió al estado el año pasado, Abbott enfrentó un momento crucial. En julio de 2020 emitió un mandato estatal para usar cubrebocas, una decisión que sus colaboradores dicen que tomó siguiendo su propio lema de ignorar la política y “hacer lo correcto”.

Era el mismo mensaje que los asesores de Abbott dijeron que el gobernador había estado escuchando durante semanas en sus eventos por todo el estado.

Cuando Abbott le comunicó a su personal que quería emitir la orden, los asesores dicen que se desató una discusión. Algunos se oponían a la medida. Luego del debate con sus colaboradores, Abbott decidió avanzar con la orden.

David Carney, su asesor de campaña, dijo que Abbott quería proteger a los pequeños negocios de tener que despedir a los trabajadores por la política “torpe, incoherente” de requerir vacunación obligatoria para las empresas con 100 o más empleados, que entrará en vigor el 4 de enero y que el mes pasado Abbott desafió en una corte federal.

“Esto siempre ha sido impulsado por los pequeños negocios”, dijo Carney, y no por la política republicana.

J. David Goodman es el jefe del buró de Houston, que cubre Texas. Ha escrito sobre gobierno, justicia penal y el papel del financiamiento en la política para el Times desde 2012. @jdavidgoodman


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