Aves, gatitos y más desafíos informativos, lo último de ómicron y el bien común.


Los pájaros, en realidad, no existen. Son drones que el gobierno de Estados Unidos emplea para vigilar a las personas.

Este disparate es la premisa de una broma que circula en internet —y también en el mundo real, en gigantes anuncios publicitarios y protestas callejeras— como una parodia que es, al mismo tiempo, un movimiento social impulsado por la generación Z. Como escribe Taylor Lorenz, nuestra colega experta en tendencias de internet, que ha entrevistado al fundador del grupo “Birds Aren’t Real” (Los pájaros no son reales):

En el mundo de la posverdad, dominado por teorías de la conspiración en línea, los jóvenes se han unido en torno a este esfuerzo para criticar, combatir y burlarse de la desinformación. Es el intento de la generación Z de desbaratar la madriguera del conejo con el absurdo.

Y aunque parezca risible, el experimento ha demostrado que hay quienes llegan a creer que, en efecto, las aves no son reales.

Los bulos y las teorías de conspiración existen desde mucho antes que la vida digital, pero en internet se han propagado con particular virulencia y se valen de cualquier recurso para ganar credibilidad. Como, por decir algo, los gatitos tiernos. Decía una nota reciente: “A veces, seguir publicaciones de animales lindos en Facebook hace que los usuarios se suscriban, sin saberlo, a informaciones engañosas del mismo editor”.

Por supuesto que, en tiempos de pandemia, la gran pregunta es ¿por qué hay tantas personas dispuestas a creer en la información falaz? Un análisis que publicamos este año, y cuyas ideas siguen muy vigentes, explica que la necesidad de sentirse parte de un grupo es mucho más fuerte que los hechos y que cualquier escepticismo intelectual.

Entender el fenómeno y encontrar formas de divulgar información científica es urgente cuando puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, por ejemplo, en el tema de las vacunas. Ya en 2019, la Organización Mundial de la Salud alertaba que la renuencia a vacunarse era una de las diez principales amenazas para la salud global.

“No podemos seguir creyendo que el problema puede resolverse tan solo con inundar a las comunidades escépticas de anuncios públicos o animar a la gente a ‘creer en la ciencia’”, observaban Anita Sreedhar y Anand Gopal en un ensayo reciente de Opinión. Para ellas, la experiencia previa con un Estado ineficiente o muy privatizado ayuda a explicar esa actitud. Y añaden: “La gente está condicionada a creer que está sola y que solo es responsable de sí misma”.

Más que un análisis sobre la desinformación, o el escepticismo a las vacunas, el ensayo de Sreedhar y Gopal es una reflexión sobre lo que entendemos por el bien común y el modo en que lo procuramos. A estas alturas de la era pandémica, es peligroso dejar el bienestar colectivo en manos de los algoritmos o de las campañas de desinformación pero, sobre todo, vulnerable a la indiferencia y el egoísmo: “Nuestro bienestar individual”, como bien dicen las autoras, “está ligado al bienestar colectivo”.


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Antes de que te vayas, disfruta de esta postal:

La pandemia se llevó las reuniones, los encuentros cariñosos con desconocidos, la música en vivo y los bailes apretujados. También nos hizo hiperconscientes de la limpieza de los sitios que frecuentamos.

Una crónica de Jack Nicas con vibrantes fotografía de Dado Galdieri nos lleva a un recorrido por los pé sujo (bares de pies sucios) de Río de Janeiro, que han vuelto a reabrir: sus tradiciones, su comida y, también, su gusto por la imperfección: “Para los que les gusta la suciedad, esto es una belleza”, dice el dueño de unos de estos míticos establecimientos.

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