Hace poco menos de una década, escribí una columna sobre una iniciativa extraordinaria, cortesía de Fendi, llamada Pesce d’Aprile, en la que un cliente podía viajar a una granja de cocodrilos en Singapur, seleccionar el reptil a partir del cual se fabricaría su bolso y luego seguir el proceso a través de una aplicación. Esta modalidad, promocionada como el equivalente de “conoce lo que comes” en la industria de la moda, fue la primera de su tipo.

También fue una invención total de mi autoría: una broma del día de los inocentes inventada para destacar los extremos a los que las marcas de ropa están dispuestas a llegar para sobresalir, y el hecho de que cada vez más clientes estaban interesados en el origen de sus productos.

Pero en este caso, la broma se me regresó.

Loro Piana, la marca de lujo conocida por sus sofisticadas y sutiles prendas de punto que parecen tejidas con billetes licuados, ha emprendido un programa que les permitirá a los clientes dar seguimiento a cada paso de la producción de uno de sus suéteres de cachemira de cabra, desde el animal hasta la tienda.

Esto tal vez parezca algo sencillo: ¿cómo es posible que una marca no sepa con exactitud dónde y cómo se hacen sus productos? Sin embargo, la cadena de suministro de la moda es tan complicada, sus muchos elementos se han desplegado a lo largo de tantos países y procesos, que para la mayoría de nosotros el origen de nuestra ropa es casi completamente desconocido.

“Creemos que las empresas saben de dónde vienen las cosas y la realidad es que muchas perdieron esa capacidad desde hace mucho tiempo”, dijo Maxine Bédat, la fundadora del New Standard Institute, una organización sin fines de lucro fundada para definir y crear un marco operativo para las afirmaciones de sostenibilidad de la industria de la moda. “Cuantos más productos añades a tu oferta, más difusa y complicada se vuelve la manufactura y, como resultado, es muy inusual que las empresas de moda de la actualidad sean capaces de monitorear la totalidad de sus cadenas de suministro y que estén dispuestas a revelar esa información”.

Consideremos el hecho de que un suéter de lana de merino promedio viajará unos 29.000 kilómetros a lo largo de su proceso de producción antes de llegar al estante de una tienda, según Bamford, la marca de lujo británica que ofrece productos de la granja a la mesa.

Por supuesto que rastrear esa travesía es más fácil si una marca es lo suficientemente pequeña para encargarse de todas las tareas implicadas o si una nueva marca opera con transparencia. Pero pocos fundadores pensaban de esta manera incluso hace una década, y casi ninguna marca es propietaria de cada paso del proceso de creación, desde la granja hasta el producto terminado.

Para el consumidor que busca un regalo navideño, eso significa que es sumamente difícil saber, mientras explora los anaqueles en busca de la perfecta prenda tejida y abrigadora o chal cómodo, si lo que está viendo fue fabricado de manera responsable, considerando los factores ambientales y sociales.

Es por eso que, hace dos años, Loro Piana, que fue traída a Estados Unidos por LVMH por 2600 millones de dólares en 2013, decidió precisar y definir sus procesos de modo que ahora puede incluir una etiqueta en sus prendas que les indica a los posibles compradores que “esta prenda de punto ha venido de un lote tomado en esa región específica en ese año o ese mes de ese año”, dijo Fabio d’Angelantonio, exdirector ejecutivo de Loro Piana (fue reemplazado a finales de octubre por Damien Bertrand). Y ese lote provino de los lomos de ese rebaño.

El proyecto se lanzó a principios de este año con los productos de vicuña de Loro Piana y ahora se extendió a los artículos de cachemira normal y de cordero, los más vendidos de la empresa. No fue tarea fácil: un suéter promedio de cachemira de Loro Piana será tocado por aproximadamente 100 manos en al menos tres países mientras viaja de Mongolia a Italia hasta su tienda final, y esto implica más de 13 procesos a lo largo de entre 18 meses y 2 años.

Se podría decir que esta rastreabilidad solo fue posible gracias a que esta marca de lujo puede darse, pues, el lujo, de conocer a sus pastores —ha obtenido, hilado, tejido y acabado cachemira desde 1924— así como al hecho de que sus clientes extremadamente adinerados están dispuestos a pagar por esa información. Además, Loro Piana apuesta a que esto se volverá una parte cada vez más indispensable de la oferta de valor de la moda. Que cada regalo físico también deberá traer consigo el regalo del conocimiento.

En lugar del efecto derrame en la economía, esto podría pensarse como un efecto derrame en la transparencia. Así es como comienza.


Por Elizabeth Paton y André Wheeler

Al principio de la primavera inicia la recolección de casimir en la región Mongolia Interior del norte de China y en Mongolia. En muchos casos, los pastores han trabajado con Loro Piana durante generaciones. El proceso solo ocurre una vez al año.

Las cabras tienen que agradecer a la naturaleza por el corte anual. Las cabras de cachemira son animales de doble pelo, lo que significa que producen dos tipos de pelo: exterior y vellón. El vellón protege a las cabras del frío extremo de la región y comienza a crecer en septiembre y octubre, cuando las temperaturas comienzan a bajar. Para mayo, el vellón ha crecido a su máximo potencial y está listo para ser recogido por los pastores. Las cabras no pierden mucho, el vellón se caería naturalmente.

Dato curioso: todo el casimir es lana pero no todas las lanas son casimir. Lana es un término genérico que se usa para describir al abrigo suave de algunos animales (ovejas, alpacas, chivos). Casimir o cachemira se refiere en especial a la fibra muy codiciada de cachemira y otras razas de cabras.

En toda la región, ganaderos como Ha Si Ba Gen se ganan la vida criando y pastoreando cabras. Mongolia produce un tercio de la cachemira del mundo y el tejido de lujo representa el 40 por ciento de las exportaciones no minerales del país.

Las condiciones laborales y animales son auditadas por “terceros acreditados”, declaró un representante de Loro Piana al Times. Después de todo, como dijo D’Angelantonio, el exdirector ejecutivo de la empresa, es del interés de todos que las condiciones sean excelentes. “La lana de una cabra contenta es mejor que la de una cabra muy estresada”, dijo.

Cuando termina la esquila, los pastores suelen vender la lana a un recolector externo, que luego venderá los materiales —una mezcla de lana de cachemira de decenas, si no es que de cientos de granjas locales— a varias marcas. En este caso, la cachemira se entrega a Alashan Zuo Qi Dia Li Cashmere en Mongolia Interior, un socio de “cooperación” externo en la cadena de producción de Loro Piana desde 2005. Allí, la lana se limpia e inspecciona.

Aunque la empresa había explorado construir un local en Mongolia Interior, ha optado por crear relaciones de largo plazo con socios locales. Un representante de Loro Piana explicó que ha buscado unas instalaciones de producción en China adecuadas para sus necesidades particulares, pero que las dificultades de operar ahí como una empresa extranjera eran insuperables. Como resultado, Alashan Zuo Qi Dia Li Cashmere cumple un papel clave en la creación de prendas Loro Piana y se responsabiliza de la primera fase de limpieza antes incluso de que la lana abandone la zona.

De ahí, la cachemira limpia se va en camión a Pekín o a Ulán Bator, la capital de Mongolia, en donde pasa por un estricto control de calidad. Ojos muy atentos escudriñan la lana blanca e identifican los pelos oscuros que podrían estar escondidos. (Estos pelos no pueden teñirse y luego es más difícil retirarlos). Después, los fardos de cachemira son transportados a un laboratorio en Roccapietra, Italia (que tiene una población de 646 habitantes) para otra ronda de control de calidad.

Próxima parada: la fábrica Loro Piana en Quarona, Italia, fundada por la familia Loro Piana en 1924. Los lotes de casimir son transferidos a la máquina que abre las fibras y las aplana al mismo tiempo. Ese proceso permite una manipulación más sencilla.

Luego del cardado (que implica desenredar y limpiar), las fibras son cargadas en una máquina giratoria. Aquí es donde la fibra se convierte en hilo y el hilo se convierte en tela.

Ahora el hilo está listo para tomar algo de color. Loro Piana utiliza sus propias formulaciones de tintes para sus prendas.

Las prendas en sí al final están listas para ser confeccionadas, un proceso que generalmente se realiza con máquinas de tejer de última generación. Una vez terminadas las prendas, son inspeccionadas por expertos. Finalmente, se empaquetan para distribuirse a las 178 tiendas físicas, canales de comercio electrónico y varios socios minoristas de Loro Piana.

El tiempo que pasa entre la recolección de la capa interior de pelaje de una cabra bebé y el aterrizaje de un suéter en el estante de una tienda es de hasta dos años. Los funcionarios de Loro Piana estiman que más de 100 manos pueden desempeñar un papel en la creación de una prenda. Un suéter de cachemira de la marca suele costar a partir de 1000 dólares, y los diseños más intrincados cuestan entre 2000 y 3000 dólares. Y a las cabras les vuelve a crecer el pelo.

Elizabeth Paton y André Wheeler colaboraron con este reportaje.

Vanessa Friedman es la directora de Moda del Times y su crítica jefe de moda. Antes fue editora de moda en el Financial Times. @VVFriedman


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