Toda su vida, Almodóvar ha superado las dificultades recurriendo a su imaginación. Nacido en 1949, creció en una España intimidada por la dictadura del general Francisco Franco. Franco tomó el control del país en 1939, después de que él y sus fuerzas militares de derecha ganaran la Guerra Civil española, y gobernó hasta su muerte en 1975. Durante e inmediatamente después de la guerra, él y sus partidarios no solo trataron de librar a España de liberales, demócratas, anarquistas, socialistas y comunistas, sino también de limpiar el país de judíos, romaníes, ateos, homosexuales, masones, feministas y organizadores sindicales. Almodóvar —un ateo que descubrió su sexualidad después de ver a Warren Beatty en Esplendor en la hierba, la película de 1961— estaba claramente entre los indeseables. Sin embargo, incluso cuando Franco estaba en el poder, Almodóvar sentía una libertad absoluta cada vez que se sentaba a escribir una historia o un guion. “Es una sensación muy clara”, me dijo. “No hay ningún límite que yo me ponga, o que yo me imponga o que yo encuentre”.

En los años 70, cuando rodó sus primeros cortos en Super 8 y su primer largometraje, la desinhibida imaginación de Almodóvar le permitía revisar las tramas sobre la marcha a medida que los amigos que interpretaban sus personajes entraban y salían de los rodajes. Desde el principio, su obra desafió todos los principios del franquismo. Su cortometraje de 1975, La caída de Sodoma, utilizó a unos 30 hombres disfrazados y maquillados para recrear el momento del Génesis en que los sodomitas rodean la casa de Lot. “Todo aquello solo podía hacerse en el campo, porque nos habrían llevado a la cárcel”, dijo Almodóvar.

A sus 72 años, el cineasta autodidacta sigue en la cúspide de sus fuerzas. Su película de 2019 Dolor y gloria obtuvo dos nominaciones al Oscar, la sexta y séptima para sus películas. Madres paralelas parece dispuesta a darle más. Ha construido una productora que le asegura su libertad artística, ha cultivado a algunos de los mejores actores españoles y ha creado comedias que rivalizan con las de los maestros del cine Billy Wilder y Luis Buñuel. Al igual que ellos, tiene un genio para hacer que lo escandaloso parezca normal. Pero mientras que Wilder rociaba de ácido el romance y Buñuel se burlaba de la burguesía, las películas de Almodóvar rara vez son cínicas. En cambio, favorece el amor y la empatía. Es probable que haya hecho más que ningún otro director para transformar la representación cinematográfica de los homosexuales y transexuales, y ha desmontado deliberadamente la perspectiva machista de las mujeres en el cine. Y ahora, con Madres paralelas, enfrenta de manera directa al legado de Franco por primera vez.

Cuando Auria se despertó de su siesta, Almodóvar tenía preparada la reescritura. Hizo que Smit le dijera a Cruz que la niña estaba cansada y que la habían acostado, una ficción que también era una verdad. Pero, como si percibiera que su influencia había disminuido, la pequeña estrella se comportó como un ángel. Después de su primera toma, Cruz le mandó besos volados. Volvían a estar a tiempo.

Almodóvar formó parte de la primera oleada de españoles que se contagió de COVID-19 a principios de marzo de 2020. El virus le llegó como un mal resfriado: fiebre baja, dolores musculares, malestar estomacal, dolores de cabeza. Nada terrible. Sin embargo, desde el punto de vista económico, el estricto confinamiento de España le pareció una catástrofe. En ese momento, Madres paralelas no era más que un archivo olvidado en su computadora. En cambio, tenía programado el rodaje de un cortometraje, La voz humana, con Tilda Swinton a principios de abril. El decorado, meticulosamente construido, esperaba en un almacén de las afueras de Madrid. Pero el confinamiento le impidió utilizarlo. ¿Tendría que abandonar el proyecto y tirar a la basura meses de trabajo?

Desde que Pedro y su hermano menor, Agustín, reunieron todos sus recursos para fundar la productora El Deseo en 1986, han velado por la independencia artística de Pedro. Nadie puede insistir en que recorte un personaje trans o rediseñe un cartel polémico o que omita los azulejos de la cocina pintados a mano. El Deseo posee los negativos y los derechos de autor de todas sus películas, excepto tres. Este tipo de control artístico, sin embargo, requiere una cuidadosa gestión financiera. Las películas de Pedro suelen costar unos 10 millones de euros. “En mi lado, tengo que estar siempre con el dinero como con un látigo, como si fuera un animal”, me dijo Agustín. Si perdían demasiado en La voz humana, la bestia podía infligir heridas importantes, afectando al presupuesto de El Deseo para futuras películas.

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