Hace poco participé en una reunión en la que estuvieron presentes varias de las figuras más destacadas del debate sobre la inflación, una reunión en la que, para ser sinceros, los que seguimos en el Equipo Transitorio sin duda éramos minoría. La reunión fue extraoficial, pero le pedí a Larry Summers y a Jason Furman, un economista de alto nivel del gobierno de Barack Obama, que me compartieran por correo electrónico resúmenes de sus posturas.

El pronóstico de Summers fue sombrío, ya que dijo: “Veo un camino más claro hacia la estanflación a medida que la inflación se encuentre con choques de oferta y la respuesta de la Reserva Federal que al crecimiento sostenido y la estabilidad de precios”. La mejor esperanza, sugirió, estaba en consonancia con lo que la Reserva Federal ha hecho ahora, poner fin a sus compras de valores respaldados por hipotecas (con lo que estoy de acuerdo porque no veo qué propósito tienen esas compras en este momento) y planear el aumento de las tasas de interés en 2022 —cuatro veces, dijo— con “una disposición a ajustarse de manera simétrica con los acontecimientos”. En otras palabras, tal vez subir menos, pero tal vez subir aún más.

Furman fue menos pesimista, ya que dijo: “No debemos abandonar el objetivo de buscar una economía caliente”, pero quería que fuéramos más despacio, que llegáramos “a ese punto echando un leño al fuego a la vez”. No obstante, su recomendación política no difería mucho. Se pronunció a favor de tres aumentos de las tasas de interés el año que viene, tal y como la Reserva Federal declaró estar considerando el miércoles.

¿Dónde estoy en este debate? Está claro que una subida de las tasas lo bastante grande haría bajar la inflación. Si se empuja a Estados Unidos a una recesión, se acabaría la presión sobre los puertos, los camiones y los almacenes; los precios de muchos bienes dejarían de subir y, de hecho, bajarían. Por otro lado, el desempleo aumentaría. Y si uno cree que en esencia se trata de cuellos de botella temporales, no querrá ver que cientos de miles, tal vez millones de trabajadores pierdan sus empleos en aras de reducir la congestión en el puerto de Los Ángeles.

Pero lo que tanto Summers como Furman sostienen es que el problema de la inflación es mayor que los estancamientos temporales; Furman también argumenta, en efecto, que pisar los frenos monetarios podría enfriar la inflación sin provocar una recesión, aunque Summers no cree que podamos evitar al menos un periodo de estanflación al reducir la inflación.

La posición actual de la Reserva Federal, que es un tanto reservada, parece casi idéntica a la de Furman. Las proyecciones más recientes de los miembros de la junta de gobernadores y los presidentes de la Reserva Federal están a favor de que la tasa de interés que la Reserva Federal controla aumente el año próximo, pero menos de un punto porcentual, y que la tasa de desempleo siga bajando.

Tal vez resulte sorprendente que mi propia postura sobre el fondo de la política no sea tan diferente a la de Furman o la de la Reserva Federal. Creo que la inflación se debe sobre todo a los estancamientos y a otros factores transitorios y que bajará, pero no estoy seguro, y, en definitiva, estoy abierto a la posibilidad de que la Reserva deba subir las tasas, tal vez antes de que termine el próximo semestre. Creo que la Reserva Federal debería esperar a tener más información, pero estar dispuesta a subir de manera sutil las tasas si la inflación se mantiene alta; Furman, según tengo entendido, piensa que la Reserva debería planear un aumento modesto de las tasas (en la correspondencia sugirió un punto porcentual o menos a lo largo de 2022, lo cual coincide con las proyecciones de la propia Reserva Federal) pero que debe estar dispuesta a dar marcha atrás si la inflación retrocede.

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