Lecciones de Kazajistán, un mensaje de Jimmy Carter y más para estar al día.


¿Qué pasó en Kazajistán? El país asiático, que dispone de una gran riqueza en hidrocarburos, ha experimentado las peores escenas de caos y violencia de las últimas décadas.

Al registrarse un alza en los precios de combustible, miles de personas tomaron las calles.

El presidente Kassym-Jomart Tokayev autorizó a las fuerzas de seguridad a “disparar sin advertencia” contra los manifestantes. Tokayev gobierna desde 2019, cuando fue nombrado sucesor de Nursultán Nazarbáyev, quien ocupó el poder durante tres décadas y ganó cada elección con prácticamente el 100 por ciento de los votos.

Pero la inestabilidad en Kazajistán no solo representa un punto neurálgico para Estados Unidos y Rusia, que desde hace tiempo se disputan esa región clave para las petroleras multinacionales, sino que también es un llamado de atención para los líderes autoritarios del mundo.

Como observa Max Fisher en una columna reciente, desde el fin de la Guerra Fría, el 70 por ciento de los países liderados por gobernantes autoritarios han colapsado después de que el autócrata deja el poder.

Esto no es prueba de que los gobernantes de mano dura garantizan la estabilidad sino que, como explica Max, erosionan “los cimientos de la gobernanza, lo cual los vuelve indispensables a costa de legar un sistema político que apenas sirve para gobernar, pero que queda listo para las luchas intestinas”.

El análisis nos hace pensar en otros casos de deterioro democrático en el hemisferio occidental: ayer asumió su cuarto mandato el presidente Daniel Ortega en Nicaragua. Ortega ha ido suprimiendo la disidencia, eliminando a sus rivales políticos y fortaleciendo la posición política de sus hijos y esposa, algo que sus críticos ven como un intento por controlar la sucesión presidencial.

Tampoco las democracias más establecidas se salvan de desafíos a sus cimientos políticos. En Estados Unidos hay preocupación ante la creciente desconfianza en el sistema electoral. También causa inquietud la popularidad del expresidente Trump, que persiste incluso después de que se ha demostrado que sus reclamos de fraude no tienen fundamento y que ayudó a azuzar la toma del Capitolio a fin de evitar la transferencia pacífica del poder.

Hace poco, el exmandatario Jimmy Carter advertía en un ensayo de Opinión:

Actualmente nuestra gran nación se tambalea en el borde de un abismo cada vez más grande. Sin una acción inmediata, corremos un verdadero riesgo de entrar en un conflicto civil y perder nuestra preciada democracia.


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Cuando una manada de coyotes se llevó al perro de Ron Wooten, habitante de la isla de Galveston, en Texas, él fue tras ellos e hizo un hallazgo perturbador y otro intrigante. Con los restos de su mascota había un grupo de cánidos que no parecían coyotes: tenían las patas y narices más largas y un pelaje rojizo muy particular.

Wooten se dedicó a observar a estos animales durante años. Recolectó cadáveres de especímenes atropellados y los congeló en espera de que algún científico se interesara. Pero nadie le hacía caso. Hasta que sus fotos llegaron a Bridgett vonHoldt, bióloga de Princeton:“Quedé enganchada”, dijo.

VonHoldt y sus colegas encontraron en los cánidos rastros del ADN del lobo rojo, una especie que se extinguió de la vida salvaje el siglo pasado y que en cautiverio ha perdido diversidad genética. Ahora, estas criaturas híbridas podrían contribuir a la recuperación de un animal que parecía condenado a desaparecer.

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