Hidalgo no desarrolló su campaña como una progresista instigadora deseosa de defender a Texas de Trump. Me explicó que ganó gracias a que se concentró en los problemas que más les importaban a sus vecinos: las constantes inundaciones que sufría el condado, pues una serie de tormentas violentas arrolló la infraestructura deteriorada. “Pregunté: ‘¿Quieren una comunidad que se inunde cada año?’”. Ganó y, después de su victoria, decidió con sus colegas invertir 13 millones de dólares más en la administración electoral y permitirles a los residentes votar en cualquier casilla que les resultara conveniente el día de las elecciones, aunque no fuera la que les habían asignado.

La idea de proteger a la democracia respaldando a funcionarios de condado o alcaldes de pueblos pequeños, en particular aquellos que se ajustan a la política de comunidades más conservadoras, puede sonar a que nos diagnosticaron insuficiencia cardiaca y nos recomendaron que lo mejor era revisar nuestras declaraciones fiscales y las de todos nuestros vecinos.

“Si alguien quiere luchar por el futuro de la democracia estadounidense, no debería pasarse todo el día hablando sobre el futuro de la democracia estadounidense”, dijo Wikler. “Estas contiendas locales que determinan los mecanismos de la democracia estadounidense son el conducto de ventilación de la estrella de la muerte republicana. Estas contiendas no reciben ninguna atención nacional. Apenas reciben atención local. En general, la participación es de menos del 20 por ciento. Eso quiere decir que las personas involucradas en realidad tienen un superpoder. Un solo voluntario dedicado podría hacer llamadas y visitar a suficientes electores para conseguir la victoria en unas elecciones locales”.

O cualquiera puede simplemente ganarlas. Eso es lo que hizo Gabriella Cázares-Kelly. Cázares-Kelly, quien pertenece a la nación Tohono O’odham, aceptó encargarse de una caseta de registro de electores en el colegio universitario en el que trabajaba, en el condado de Pima, Arizona. Le asombró escuchar las historias que relataban sus estudiantes. “Culpamos una y otra vez a los estudiantes de no participar, pero en realidad es muy complicado registrarse para votar si no tienen licencia para conducir, la oficina más cercana de trámite de licencias está a una hora y media de distancia y no tienen auto”, me explicó.

Cázares-Kelly se enteró de que gran parte del control sobre el registro de electores estaba en manos de una oficina de la que ni ella ni sus conocidos sabían nada: la Oficina de Registro del condado, con facultades sobre varios tipos de registros, desde escrituras hasta registros electorales. Tenía facultades que nunca había considerado siquiera. Podía colaborar con la administración de correos para colocar formularios de registro en las oficinas de correos de las tribus, o no hacerlo. Si llamaba a un votante para verificar una boleta y escuchaba un mensaje de contestadora en español, podía darle seguimiento en español, o no.

“Empecé a contactar a la oficina de registros para hacerles sugerencias y preguntas”, dijo Cázares-Kelly. “Eso lo hice durante mucho tiempo, y no tenía muy contento al funcionario de registros. Hablaba con tanta frecuencia que el personal comenzó a identificarme. No tenía ningún interés en postularme, pero entonces escuché que el funcionario anterior planeaba retirarse, y lo primero que pensé fue: ‘¿Qué va a pasar si se postula un supremacista blanco?’”.

Así que, en 2020, Cázares-Kelly participó en la contienda y ganó. Ahora es la funcionaria encargada de los registros en una jurisdicción con casi un millón de personas y más de 600.000 votantes registrados, en un estado bisagra. “Algo que de verdad me sorprendió cuando empecé a involucrarme en la política es cuánto poder tenemos a la mano si solo asistimos a los eventos que hay”, dijo. “Si te encantan las bibliotecas, estas tienen juntas de consejo. Asiste a la junta pública. Observa en qué gastan el dinero. Se supone que debemos participar. Si quieres involucrarte, siempre hay una manera de hacerlo”.

Ezra Klein se unió a Opinión en 2021. Fue el fundador, editor jefe y luego editor general de Vox; el presentador del pódcast, The Ezra Klein Show; y el autor de Why We’re Polarized. Antes de eso, fue columnista y editor de The Washington Post, donde fundó y dirigió la vertical Wonkblog. @ezraklein

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