THRISSUR, India — La novia ocupó el centro del escenario para el ensayo final con el aplomo y la confianza de una estrella experimentada antes de una gran actuación.

Los bailarines de reparto —una mezcla de familiares, amigos de la infancia y artistas profesionales— se colocaron a su alrededor. El coreógrafo, un hombre pequeño con una actitud relajada y pelo largo y ralo, dirigía el ensayo dando instrucciones en voz baja a través del accesorio típico de la era de la covid, dos cubrebocas: los movimientos debían ser más definidos, los dedos debían apuntar más alto, los hombros debían caer más.

Los familiares observaban desde el alféizar de la ventana a la sombra de los cocoteros; un tío mayor golpeaba el brazo del sofá con alegría. La canción punjabi, un éxito popular de Bollywood, sonaba en un pequeño altavoz mientras el grupo practicaba sus movimientos una vez más:

El lunar de tu barbilla

es como una mancha en la luna

Tus gafas oscuras

Tus gafas oscuras

Quedan muy bien en tu cara blanca.

Las bodas en el sur de India, sobre todo en el estado costero de Kerala, se han transformado en un festival de color y baile… mucho baile.

A diferencia de las bodas en el norte, las del sur solían ser eventos sobrios centrados en el banquete y que, a lo mucho, incluían una banda de música en vivo. Ahora, las ceremonias se inspiran en el último grito del entretenimiento indio, como los impresionantes ritmos rápidos de la música de baile tamil y télugu, y los coloridos trajes y tambores de Punyab.

La boda de la médica Sheha Pfizer tuvo algo extra. La novia se ha sentido cómoda ante las multitudes y las cámaras desde una edad temprana, pues ha participado en concursos de baile durante gran parte de su vida.

“Como ella baila, la gente espera un poco de magia”, dijo su madre, Nishi Pfizer.

Las ceremonias en Kerala se han vuelto tan llamativas que son la comidilla del lugar y objeto de discusiones virales en línea. Están los tambores punjabi dhol, muy solicitados, pero también hay grupos que hacen bailes egipcios, mexicanos y sufíes luciendo atuendos fastuosos. Se contratan percusionistas de agua, bailarines de barra y acróbatas.

Aproximadamente del 60 al 70 por ciento de las bodas en Kerala ahora incluyen bailes con coreografía, comentó Mayjohn P.J., un excantante de bodas que hace una década abrió Melodia, una agencia de organización de bodas.

P.J. no tiene duda de qué ha motivado la transformación: las redes sociales. Las parejas encuentran inspiración para sus bodas en Instagram, YouTube y Pinterest, y luego van y publican sus propias fiestas en esas mismas plataformas.

Los organizadores de bodas, que forman parte de una industria que genera decenas de miles de millones de dólares cada año en India, ofrecen paquetes de video y fotografía hechos a medida para atraer la atención en las redes. Los paquetes, que suelen costar entre 2000 y 5000 dólares, incluyen un “tráiler para Instagram” y los “momentos estelares de la boda”, básicamente tu propia película de cinco a siete minutos de duración.

Los más ambiciosos incorporan los trucos narrativos de las telenovelas indias para conseguir un efecto emotivo, y despliegan tecnología de punta —cámaras fijas, drones y muchos efectos especiales musicales—para crear el clímax de un concierto de tecno.

“Cuando ven algo en las redes sociales, dicen: ‘mi boda también debería ser así’”, dice P.J. “Todo el mundo quiere convertirse en una estrella de cine”.

La prolongación de la pandemia también ha provocado cambios en las bodas del sur de India, donde la temporada alta es de diciembre a febrero. Las normas sanitarias limitan el aforo a 200 personas (antes de la epidemia llegaba a haber cinco veces más gente). Así que las familias las han convertido en eventos de varios días con ceremonias más pequeñas y un grupo distinto de invitados cada día, de modo que todos se sientan parte de la celebración.

Quizás el hombre más ocupado durante la temporada de bodas sea el coreógrafo Manas Prem.

Se le ha encargado la coreografía de 500 rutinas de boda en los próximos meses. La mayoría de ellas son pequeñas, y la COVID-19 ha hecho que gran parte de los ensayos se realicen en línea.

Su reto más común son los familiares mayores que se arrepienten cuando ven al público.

“Les da vergüenza y ya no quieren hacerlo”, comentó Prem. “Y entonces yo tengo que rellenar los huecos”.

Tanto Pfizer, de 25 años, como su esposo son musulmanes. Su boda fue una muestra de la diversidad bien integrada de Kerala.

Los amigos de la infancia que bailaron en la boda fueron una mezcla de hindús y cristianos. El ensayo final fue al mediodía del 25 de diciembre. Jobin Johnson, un bailarín profesional que creció con la novia, se perdió el primer almuerzo navideño de su nueva vida de casado para asistir. Aishwarya Ragesh, una amiga de la novia desde hace 15 años, agarró su bolsa y se fue corriendo para llegar al servicio de culto hindú de su familia apenas terminaron de ensayar.

Fue un antídoto enternecedor contra las divisiones renovadas en India azuzadas por la política de mayoría hindú, sobre todo en el norte. En la mañana del ensayo, los rotativos del país estaban dominados por noticias sobre monjes hindús extremistas que incitaban a la violencia en contra de musulmanes y sobre iglesias vandalizadas mientras la minoría cristiana celebraba la Navidad.

La danza corre por las venas de Pfizer. Su madre era bailarina. Una de sus abuelas era parte de un grupo de danza folclórica en los sesenta y setenta.

La novia comenzó a estudiar danza incluso antes de ir al jardín de niños bajo la batuta de Prem, con quien siguió aprendiendo durante mucho tiempo. Las paredes del pequeño estudio de danza del coreógrafo están adornadas con fotos de competiciones de cuando ella era más joven.

“Es una bailarina nata”, afirmó Prem.

En los últimos años, su comunidad musulmana se ha vuelto más conservadora. Su padre tuvo que oponerse a los llamamientos para que la sacara de la danza a medida que crecía.

“Su padre les decía ‘está ganando competencias, que siga un poco más’”, recuerda su madre.

La danza también contribuyó a unir a la pareja.

Cuando era más joven, el novio, Roshan Salahudeen, de 29 años, había visto a su futura novia, que entonces una adolescente, en un espectáculo televisivo. Le dijo a su familia que se iba a casar con ella. Al crecer ambos se convirtieron en médicos, y él se enteró de que Pfizer era sobrina de uno de los compañeros de clase de su padre, y aprovechó esa conexión para pedir su mano.

Fue un matrimonio concertado, pero con elementos modernos: la pareja tuvo tiempo para conocerse y la novia pudo tomar la decisión final.

“Pasaron dos meses antes de que le diera el sí”, cuenta Pfizer. “Él entiende mi manera de ver el mundo”.

De cualquier manera, su boda principal fue más discreta: una oración breve del rito musulmán después de que firmaron los contratos matrimoniales, seguida de un delicioso almuerzo tipo bufé mientras un violinista tocaba los éxitos más recientes de distintas bandas sonoras de películas.

El punto culminante fue en la víspera de la boda, cuando unos 200 invitados se aglomeraron en un pequeño salón para ver un espectáculo de diversos números de baile. Cuando empezaron las celebraciones, Pfizer era a la vez la novia, la bailarina principal y la directora de su propio espectáculo.

Ella había entrado en calor con el ritual del haldi a primera hora de la tarde. Aunque el haldi es un ritual básico de las bodas en el norte en el que se untan cúrcuma como bendición, las novias modernas desdibujan cada vez más las diferencias regionales a fin de lograr un efecto llamativo en la era de Instagram.

Un pequeño grupo de amigos y familiares se reunió bajo un dosel amarillo junto a una pequeña piscina, pero el público principal en realidad eran las cámaras, ya que este era el contenido para el video del “momento estelar” de la boda.

Al ritmo de los tamborileros, Pfizer llegó danzando a la orilla de la piscina. Bailó más y posó mientras las cámaras con estabilizadores corrían hacia ella para una toma de efectos especiales y luego retrocedían para hacer un paneo. Hubo muchos primeros planos de sus manos decoradas con henna, que tardaron seis horas en quedar pintadas.

Cuando se sentó bajo el dosel para que sus amigos y familiares le frotaran la cara con cúrcuma, se puso unas gafas de aviador y bailó en su asiento mientras el DJ ponía otra canción de moda desde el otro lado de la piscina, esta vez inspirada en Londres y el Big Ben, para homenajear la belleza.

Eres como nuestra propia Reina Victoria

Eres el reloj, el Big Ben

Cuando bailas

todo Londres baila contigo.

Conforme los invitados iban ocupando sus asientos en el salón para la ceremonia de la noche, el grupo de baile se cambió de vestuario varias veces, pues los números que interpretaron fueron muy variados: una entrada sufí con el novio, una danza bhangra tradicional del Punyab con una breve participación de la novia, una mezcla de los éxitos del momento en la que los bailarines hicieron gala de sus pasos de hiphop. Otro grupo, formado solo por mujeres, interpretó una oppana (una danza tradicional musulmana de Kerala), un baile de hiphop en jeans y camisetas, y una coreografía inspirada en el flamenco.

Entre tanto, el espigado cantante de bodas, con un cuello de tortuga y unos lentes elegantes de armazón transparente, entretenía al público. Por fin, anunció la primera entrada de la novia.

Las cabezas se volvieron hacia la parte de atrás, donde Pfizer, rodeada por el grupo de bailarinas, resplandecía de emoción con un deslumbrante vestido verde océano complementado con joyas impresionantes. Los teléfonos celulares aparecieron para tomar fotos. La música sonaba mientras las bailarinas se movían y chasqueaban los dedos, abriendo paso para que la novia cruzara el pasillo.

Pero antes de que la novia subiera al escenario para ocupar su asiento, alguien se dio cuenta de que la cámara principal que filma el “momento estelar de la boda” para YouTube e Instagram no estaba montada todavía.

La novia y las bailarinas tuvieron que volver a su posición inicial en la entrada y hacerlo todo de nuevo.

Mujib Mashal es el jefe de la oficina de The New York Times para el sur de Asia. Nacido en Kabul, escribió para revistas como The Atlantic, Harper’s, Time y otras antes de unirse al Times. @MujMash

Suhasini Raj ha trabajado durante más de una década como periodista de investigación en medios de comunicación indios e internacionales. Se unió al Times en 2014 y tiene su base en el buró de Nueva Delhi.


Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *