El 11 de enero, menos de un año después de que Donald y Melania Trump dejaran la Casa Blanca y menos de una semana después del aniversario del ataque al Capitolio, unos cuatro años más o menos después de congelar sus marcas comerciales y cerrar su marca de joyería de QVC y su línea de cuidado de la piel, Melania Trump volvió a la escena pública con un nuevo tipo de marca personal y de mercancía para acompañarla.

El medio: una subasta de catorce días en melaniatrump.com de tres piezas que componen lo que definen como la Colección del Jefe de Estado.

El nombre es, puede suponerse, una alusión al accesorio estrella: lo que el sitio web describe como un “icónico sombrero de ala ancha, único en su clase”, originalmente usado por Melania Trump en 2018 durante la visita de Estado del presidente francés, Emmanuel Macron, y su esposa, Brigitte, y firmado por Melania. (La subasta también incluye una acuarela de la exprimera dama, posando con ese sombrero, que fue pintada en 2021 por el artista francés Marc-Antoine Coulon, y que viene firmada por ella y el artista, además de un token no fungible, o NFT, de la obra de arte). La puja inicial se fijó en unos 250.000 dólares por el conjunto.

La subasta se produce tras la venta en diciembre de un grupo de NFT de edición limitada hechos con una acuarela de los ojos de Melania Trump, también de Coulon y titulados “Melania’s Vision”, que se vendieron por 150 dólares cada uno. Y le seguirán, según el anuncio original, más NFT de este tipo, al parecer inspirados en la ex primera dama.

Según el sitio web, “una parte de los ingresos derivados de esta subasta” se destinará a iniciativas benéficas apoyadas por el proyecto Be Best de Melania Trump, aunque no se especifica la cantidad ni el destino del resto de los ingresos. (Los correos electrónicos que enviamos a su oficina solicitando información específica no fueron respondidos).

Y así se cumple la promesa revelada por primera vez en la demanda por difamación que Melania Trump interpuso en 2017 contra el sitio web de The Daily Mail, en la que se alegaba que un artículo que publicó el rotativo había perjudicado su capacidad de comercialización y, por lo tanto, impidió posibles planes para “lanzar una línea comercial masiva en múltiples categorías de productos”. Entre ellos, quizás, “ropa, accesorios, zapatos, joyas, cosméticos, cuidado del cabello, cuidado de la piel y fragancias”. (La demanda se resolvió, y el Daily Mail se disculpó y pagó daños y perjuicios).

En su momento, la insinuación de que Melania Trump podría monetizar su paso por la Casa Blanca, fue descartada por su equipo. “La primera dama no tiene intenciones de utilizar su posición con fines de lucro y no lo hará”, comentó su abogado, Charles Harder, mediante un comunicado. “No es una posibilidad”. Esa afirmación, al parecer, tiene límites.

Si lo que se vende no es exactamente la línea de ropa que muchos esperaban, o incluso un perfume, el nuevo enfoque de Melania sobre el producto es familiar y revelador: tiene sus raíces en la imagen decorativa pero alienada que adoptó como primera dama con el fin de romper las normas, y parece regirse por sus propias reglas.

Al fin y al cabo, aunque las ex primeras damas han ganado dinero tradicionalmente con las memorias de su experiencia o sus discursos (también, en el caso de los Obama, con documentales y podcasts), es bastante inaudito que ganen dinero vendiendo una reliquia de esa experiencia.

“Creo que es algo sin precedentes en la época moderna”, señaló Kate Andersen Brower, autora de First Women: The Grace and Power of America’s Modern First Ladies, acerca de la subasta llamada Jefe de Estado. “Por lo general, no se ve como algo que se pueda hacer”.

Por lo general, cuando la primera dama usa una prenda durante un evento de Estado, se dona a los Archivos Nacionales o a un museo como el Smithsonian, ya que se considera parte del registro histórico, con un valor imposible de cuantificar.

De hecho, según la página web de Melania Trump, el motivo para iniciar su nueva aventura con el sombrero radica en la importancia de la visita de Estado de Francia. “Melania Trump reconoció que era un momento muy importante para el país y, en consecuencia, la planificación se consideró en gran detalle”, explica. Esa planificación incluyó el encargo de un sombrero único hecho en Nueva York, a juego con un traje de Michael Kors que usó en esa ocasión.

Por supuesto, el sombrero sorprendió a los observadores desde el principio. Al oscurecer su rostro casi por completo, aunque era imposible pasarlo por alto, representaba la famosa ambivalencia de la primera dama con su papel; al apropiarse de tropos culturales como la imagen del chico bueno (el sombrero blanco), también se burló de la obsesión pública de buscar pistas sobre la relación con su esposo en sus atuendos.

Sobre todo porque resultó ser el primero de una serie de sombreros controversiales que usó durante su época como primera dama. Como el que usó durante un safari en Kenia y un sombrero color crema que lució mientras posaba frente a la esfinge en Egipto, esos tocados provocaron comparaciones desafortunadas con los colonialistas y parecían reflejar hasta qué punto Melania Trump veía su posición como la simple representación de un papel.

Al vender el sombrero, creado por Hervé Pierre, el diseñador neoyorquino nacido en Francia y convertido en estilista (quien llegó a ser una especie de colaborador de moda durante la estancia de Trump en la Casa Blanca, por ejemplo, él confeccionó el vestido que ella usó en la gala inaugural), Melania Trump parece estar desprendiéndose de los recuerdos de sus años en la Casa Blanca, pieza por pieza, como si fuesen algo irritante.

Y lo está haciendo de una manera que garantiza que este objeto histórico, al menos, sea propiedad de una sola persona. Es la antítesis de la idea de que una primera dama debe representar a la nación en general, pero coincide totalmente con la visión del mundo de los Trump y el enfoque de su papel, en el que la familia utilizó la posición del presidente en la Casa Blanca para beneficiar a sus hoteles y campos de golf, y sus posibles negocios futuros. ¿Por qué eso debería terminarse solo porque ya no están en la presidencia?

Como siempre ocurre con Melania Trump, es difícil saber qué está pensando exactamente, pues no dice mucho, al igual que no dijo mucho durante su estancia en Washington. En cambio, a menudo parecía que dejaba que sus atuendos hablaran por ella, otra razón por la que esos trajes fueron tan importantes. Eran la piedra Rosetta de su mandato en el Ala Este, y ahora parece que se perderán en el mercado privado y desaparecerán en el metaverso.

Es difícil no preguntarse qué podría venir a continuación. ¿Los altísimos tacones de aguja Manolo Blahnik que llevaba cuando se embarcó en un viaje con su marido al lugar de la devastación del huracán Harvey en Texas? ¿La chaqueta “I Really Don’t Care, Do U?” con una silueta de espalda que llevó para visitar a los niños inmigrantes que habían sido separados de sus padres en la frontera? ¿La blusa rosa con lazo que lució en un debate tras el escándalo de la cinta “Access Hollywood”? ¿Un mechón de su famoso cabello suelto?

Sea lo que sea, pareciera que intenta venderse como una musa. De la Casa Blanca hasta tu casa, con solo una caja registradora de criptomoneda de por medio.

Vanessa Friedman es la directora de Moda del Times y su crítica jefe de moda. Antes fue editora de moda en el Financial Times. @VVFriedman


Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *