El verano pasado se cerró para que los helicópteros pudieran meter sus cubetas y sacar agua para apagar un incendio al oeste de la ciudad. El condado también cerró los bosques para hacer senderismo, ciclismo y acampar, las actividades principales que realizamos para divertirnos cuando no estamos barriendo las agujas de pino que los árboles tiran en otoño y primavera o echando agua al manzano que compramos cuando nuestra historia compartida incluía aprender a tener un huerto y hacer sidra en el lugar donde planeábamos quedarnos para siempre.

Nada cambia la historia como la muerte del sueño compartido.

Todos los veranos en Flagstaff, como en Tahoe, los incendios son una amenaza. Todos los años las llamas se acercan más a la ciudad. La caída de la nieve ahora se mide en pulgadas y no en pies. Los monzones no llegaron un verano, pero volvieron después. Erik y yo discutimos sobre cuánta lluvia es demasiado poca. ¿Cuánta nieve es demasiado poca? Pero sabemos que en algún momento esta ciudad estará demasiado quemada o reseca para que podamos seguir viviendo aquí.

¿Qué haces cuando tu historia es la de una sequía? Que vivamos en esta ciudad montañosa y desértica quizá es una existencia punk-rock tipo Mad Max, pero perdimos nuestra credibilidad urbana de punks en cuanto empezamos a decir “extractor de leche” a diario. Ahora, las únicas bombas de las que hablamos son las que sacan agua de los pozos que deben perforarse a más profundidad cada año.

Mi amiga Rebecca nos dice: “Múdense a Oregón conmigo”.

Me iría en un segundo. Viví ahí alguna vez. Rebecca, Todd y yo podríamos hablar de nuestras viejas historias de vida en Portland: Todd tocando el sax, Rebecca pintando en un pequeño clóset, yo pasando el rato en la librería Powell, vagando con nostalgia por los pasillos de literatura. Pero Erik no tiene una historia ahí. ¿Podría escribir una nueva?

Aunque pudiéramos escribir una nueva historia en Oregón, seguimos casados con nuestra historia en Arizona. Nos estamos adaptando al incómodo hecho de que no vamos a salir de aquí, pero tampoco podemos quedarnos. Un tipo de amor al estilo gato de Schrödinger que dice que debemos vivir en dos historias al mismo tiempo: una que dice que el cambio climático ya está aquí y otra que dice que estamos aquí, nuestra familia está aquí, nuestro amor está aquí.

Como lo dijo Erik, 2015 fue el año seco. Como yo dije, 2012 fue el año seco. Ambos tenemos razón. Los años siguen siendo más secos. Tal vez ya no tengamos que discutir sobre las sequías y los monzones porque, con el cambio climático, los detalles importarán hasta que dejen de hacerlo. Con el cambio climático llega la constatación de que toda la humanidad comparte una misma historia.

¿Será ese relato común tan amplio como un matrimonio en el que puedan caber, como una sola, nuestras historias individuales, en este caso, las de todo un planeta? Una historia no será más importante que otra, y necesitaremos escucharlas todas. Y tendremos que hacer mucho ruido.

Nicole Walker, profesora de redacción en Flagstaff, Arizona, es autora del libro Processed Meats: Essays on Food, Flesh, and Navigating Disaster.

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